Pan tostado. Un plato de sopa. Fiebre de 7 a 10.

Anoche hubo tormenta de rayos, truenos y centellas. Se hizo día en la noche. Impresionante. Los demás se habían acostado, así que salí a la terraza y me puse bajo la lluvia, con la cara y los brazos vueltos hacia arriba. El pijama se me pegó al cuerpo. Resulta impresionante mirar hacia los rayos con los ojos cerrados. Cuentas 1-2-3 y piensas que el próximo te cae encima y te borra de la tierra sin sufrir. Estuve allí hasta que los gatos lloraron desde la entrada. Me pareció que los miaus sonaban a “Entra ya estúpido, y cierra la puerta. Nos estamos acojonando…”
Bueno, a las pocas posibilidades de que me cayera un rayo, añado mi triángulo corporal de protección mágica. El anillo bereber en la mano izquierda, el tatuaje chelja al final de la espalda, la piedra de mi shemir en el piercing del ombligo que ocultaba bajo la camiseta como regalo para él…
Mi triángulo de protección mágica que corporalmente no ha servido para nada.Supongo que en las instrucciones, de tenerlas, habría puesto que era válido únicamente para rayos, truenos y centellas. Y… ¿amores de riesgo?

Ahora que pienso en lo del piercing, me doy cuenta que queda un poso de tristeza absurda en los regalos que no se llegan a dar.

A lo largo de nuestra vida nos entrelazamos con un sinfín de seres humanos que en un momento u otro mantienen o cruzan nuestro camino. Son nuestras propias manos las que cosen el hilo que los convierte en amigos, compañeros, amantes… Nuestras manos las que levantarán vínculos o los tirarán abajo para siempre. Y por fuerte que pueda llegar a ser la atracción, por mucho peso específico que puedan llegar a tener los recuerdos, siempre habrá un punto de retorno en el que puedas volver a ser el mismo que eras. Un camino de regreso que te permita recuperar tu voluntad y tu control, tal y como los conocías antes.

Y sin embargo…a veces, de entre un millón de personas, cruzas con una a la que te une la irrevocabilidad de lo absoluto. Como si ese hilo lo hubieran cosido por ti incluso mucho antes de que adquirieras conciencia. Incluso mucho antes de que fueras persona y tuvieras un destino como tal.

Y todo a su alrededor se hace de luz.

Judías verdes. Un donut. Por ahora todo en el estómago.

He oído 25 veces seguidas Ojalá de Silvio Rodríguez. Me pierdo en ella. Es mi canción. Las primeras 14 veces ha sonado en el portátil. En la décimoquinta, M. ha entrado en mi cuarto y ha puesto su expresión de preocupado por mi estabilidad mental. Yo he correspondido con la mía de que todo va bien y le he ignorado poniéndome el ipod para poder escuchar la canción otras 10 veces más, con tranquilidad y sin interrupciones. Cada vez perfecciono más mi mirada de que todo va bien. He tardado doce años en conseguirlo, pero creo que ya soy un actor digno de oscar en el mundo de las emociones contenidas y del “estoy-tranqui-estoy bien”. Tampoco es malo que M. me sorprenda en alguna actitud obsesivo-compulsiva. Servirá para cuando le llame el psicólogo a confirmar mi baja laboral y decirle que no acudo a las citas de grupo. Y servirá también para que me deje un hueco de silencio. A nadie le apetece tener que leerle la cartilla a un desequilibrado.

Una lata de atún. Lacasitos. Una cocacola. He vomitado una vez.

Dos cigarrillos de hachís con tabaco. No me apasiona el sabor pero menos da una piedra. Antes no quería fumar tabaco porque tenía miedo de las adicciones. Estaba seguro de que las llevaba en mi carga genética y que en cualquier momento caería en alguna. En realidad mi carga genética es una mierda. Lo único bueno de lo que tengo constancia es de mi nonna Agra y físicamente no me parezco mucho a ella. Soy más bien la mitad de mi padre y la mitad de mi madre. La mitad de un sidoso yonki alcohólico y la mitad de una puta esquizofrénica suicida. Eso me convertiría en un chapero yonki sucida, así que no sé por qué ahora todos a mi alrededor se extrañan tanto. De hecho, ya tengo pensado un epitafio perfecto: “No fui yo, que fue la genética.”

Posicionamiento

Al final vengo a esconderme en el mismo sitio de dónde hace años necesitaba huir. Soy algo curioso. En homenaje a las zapatillas rojas y al monigote de la camiseta rayada, incluso he dedicado diez minutos a hacer una cabecera y limpiar la plantilla. En otras épocas habrían sido diez horas, pero ya no me importa mucho el envase del asunto. O digamos más bien que ya no me importa mucho el asunto. Pero aquí estaré bien, porque ahora ya no hay nadie y estos siguen siendo mis mundos. Lo siguen siendo, aunque ahora esté yo solo y vayan a tener otro color. Color de seppuku. Mi seppuku.

Posicionamiento: Soy Ariel R. Serlik. En Madrid. Encerrado en mi mausoleo. No tengo 22 años. Sólo 19. He conocido al amor de mi vida. Los libros tenían razón, lo supe enseguida. Al principio Intenté dejarle pasar. Mi futuro se dibujaba demasiado largo y negro. Pero insistió y yo bajé la guardia. Me dejé querer. Ahora me arrepiento de haber sido débil, porque ya no me acuerdo de cómo era ser valiente. Se me ha olvidado lo que era serlo. Se me ha olvidado estar solo. Ya no puedo hacer nada, sólo rendirme. ¿De quién es la culpa? Mía. La culpa es mía. Sabía que no debía, pero me dejé querer. No puedo autoperdonarme. De aquellos polvos, me ahogaré en estos lodos.
No sé qué más tengo en estos momentos. Un pijama con gatos dibujados. Náuseas. Un ipod con 312 canciones y un vídeo. Una caja llena de diarios para mi harakiri. Un ordenador portátil sobre la cama. Sangre en la nariz. Sangre en pañuelos de papel. Una tableta de hachís. Tabaco de liar. Cáncer de fémur. Artritis séptica en la rodilla izquierda. Un sistema inmunológico donde las tropas atacan a los civiles. Dolores. Muchos dolores. Dolores muy diferentes. Dolores profundos y enganchados a lo largo y ancho de mi cuerpo y mi mente. Dolores para gritar. Ganas de escribir. Insomnio.

“Dave… tengo miedo… siento que me desvanezco… no lo hagas Dave…”