Los mapas, Ariel

Ya se ha ido Jon. He estado calladito ¿verdad? bueno, sí. El amor, el sexo, y la vida en general, mejor sin pantallas retroiluminadas. Te lo digo yo.

Ya tengo el coche nuevo. Qué feo es. No el coche, el coche es precioso, pero el color ese de coles de bruselas puestas al sol, uf… Me he arrepentido mil veces. Me he arrepentido tanto que ya he decidido dejar de arrepentirme y poner los ojos otra vez al frente. Lo hecho, hecho está y situaciones desesperadas, requieren medidas desesperadas. Curiosamente, parece gustarle a todo el mundo menos a mí. Simo dice que es precioso, Pedro lo llamó “color agua”, Jon dice que no está tan mal, que es “diferente” (sin que aquí “diferente” parezca eufemismo de nada). Así que igual son mis ojos los que lo están mirando mal y el turquesa es superbonito. Bueno, qué más da. Tengo un coche verde. Pues verde que te quiero verde. No lo he cogido todavía. Llevaba el de alquiler aún, así que he quedado con el chico que esta tarde entregaba la albóndiga rosa y ya me acercaba a recogerle. Sigo en ansiedad anticipatoria. Desde el concesionario a casa son diez minutos. No me va a dar para mucho rodaje, así que luego igual dejo a los cachorros a salvo en casa y doy unas vueltas al pueblo. Las ansiedades me las suelo quitar mucho mejor solo, que acompañado. Me equivoco, me insulto, me perdono y halavenga. Ahora lo más urgente y necesario es aprenderme lo de la conexión del móvil. Los mapas. LOS MAPAS, ARIEL.

Más grande

Pedro sigue sin hablarme, pero de la mirada turbia, ha pasado a la mirada displicente. Vamos por buen camino. Calculo 12 horas para la mirada indiferente y otras 8h. para la perdonavidas. Más o menos para comienzo el domingo, volveremos a estar en paz. Ayer vimos juntos Rocketman. No cruzamos ni media palabra, pero por lo menos se sentó en el sillón del al lado y se quedó hasta el final. Me gustó mucho Rocketman. Tenía que haber ido a verla al cine. La he puesto en mi lista de “esto era para haberlo visto más grande.”

Esta noche vuelve Jon, pasa dos días en casa y luego se vuelve a marchar el lunes. No podrá recoger conmigo mi nuevo coche turquesa blue-deep-hortera. Sí. Al final, claudiqué. Me lo entregan la semana que viene, y para el blanco pearl-susantamadre eran mínimo cuatro semanas más. No quiero que el comienzo de curso me pille conduciendo la albóndiga rosa. No va bien para mi autoconfianza. Ahora tengo que sobrellevar la ansiedad anticipatoria de hacerme con un coche que no controlo. Mi excoche tenía la sofisticación de un cochecito de choque y en el de Jon jamás me atreví a tocar ni un puto botón más allá de luces e intermitentes, así que no sé cómo me llevaré con el ordenador de a bordo. Es posible que ambos nos odiemos mutuamente desde el primer momento.

Las ganas de ver a Jon son infinitas. No tanto por el sexo, como por el equilibrio. Cuando le tengo cerca, cuando me toca, cuando huelo su piel, siento como que las cosas son mucho, mucho menos importantes.

Bueno, vale. Por el sexo también.

Expansiones y turquesas

Me llamó ayer tarde el señor del coche nuevo (en un plano más formal, vendedor del concesionario) y me dijo que podía conseguirme el coche en cinco días por el mismo precio firmado, si en vez de white pearl, lo cogía turquesa hortera. Él no dijo turquesa hortera exactamente, claro. Él dijo nosequé blue. Lo de turquesa hortera se lo puse yo, al mirar el enlace a la web que me enviaba. En principio me hice de cruces y dije que jamásenlavidapordios, pero ahora me lo replanteo. La verdad es que el color me importaba dos cojones y lo del pearl fue cosa de Jon, así que… qué más me da que sea turquesa hortera, que azul tiburón, que white pearl amazónica pim-crash-foam. Si lo que de verdad necesito es tenerlo YA. Es una aventura conducir el coche-albóndiga. Siento como si fuera en un motocarro de papel de chicle. Así que creo que mañana (salvo que esta noche la almohada me diga otra cosa) aceptaré mi coche nuevo turquesa hortera y volveré a circular a una velocidad en la que los patinetes no me adelanten por la izquierda.

Anoche tuve baile con Pedro. Yo había pedido la semana pasada una expansión de Los Sims en Origin, y descubierto ayer que la que me habían enviado al email no era la que yo había pedido, así que tuve que llamar a los amables operadores (que por supuesto solo atienden de lunes a viernes y nada más que por las tardes) para que me hicieran el reembolso, y me reenviaran la correcta. Nada más contactar ya el robotillo me advirtió «el tiempo de espera estimado es de 20 minutos» y me cagué en la madre que parió a Panete, pero como me conozco esto de la atención telefónica de reclamaciones en EA, y sé que juegan a aburrirte para que abandones y te comas el juego con patatas, no quise rendirme. Puse el altavoz, me metí el teléfono en el bolsillo y con eso, seguí haciendo mi vida mientras desde mi entrepierna sonaban los (aterradores) compases de jazz de la llamada en espera. Al final, los 20 minutos se convirtieron en 33. Y más o menos sobre el minuto 17, bajó Pedro a avisarme que TENÍA que colgar porque TENÍA que llamar a mi suegra para decirle que ya había terminado de pintar el planetario (no el superguay, sino uno que está construyendo con bolas de ratón*). Los «tenía» de Pedro siempre son conflictivos. Pero si los combino con unos (aterradores) compases de jazz en bucle, un cansancio mental acumulativo, 20€ de juego que veía que me timaban, y un estado nervioso puntero después de unos días maravillosos, pues… el conflicto puede terminar directamente en Waterloo. Discutimos… se alteró… le ordené… se alteró más… Ahora ya se ha calmado (veintitantas horas después) pero no me habla. He comprado en el Gadis su pan de pipas favorito y le he dejado la bolsa a los pies de la puerta. Pretendo (sin por ahora mucho éxito) mandarle un mensaje de bandera blanca. Estoy un poco agotado para tenerle ahora mismo de enemigo en casa y como Jon me diga al teléfono esta noche «es que no debes gritarle» terminaré gritándole a él, así que… mejor si voy poniendo árnica. Espero que por lo menos se le pase antes del día 9.

Sí. Lo del juego lo solucioné. Afortunadamente. Estoy seguro de que insultar operadores a la hora de la cena, te puede llevar directamente al infierno.

(*) de ratones de pc, no es que le dé ahora por capar roedores.

El Coche Guinda

Hoy escribo desde casa y con poco tiempo. He tenido mucho trabajo. MUCHO TRABAJO. Por un lado bien, el día más corto. Por otro lado, mal. Al final creo que no me he levantado más que la media hora de ir a comer. «El stress vendrá y te pillará.» Ya me lo advirtieron hasta en verso. Pero bien. Me gusta el compañero que me pusieron al final. Tenemos visiones políticas completamente opuestas (o eso intuyo, por la banderita de España en la muñeca) pero es ocurrente, educado y rápido. No necesito mucho más para amoldarme bien. SI ES QUE NO NECESITO MUCHO MÁS. Que no me agarren, que no se rían como una cabra en mi oreja, que no me reclamen diciendo «hazme caso, maricón…»

Al final alquilé un Fiat 500. Rojo cereza, como una guinda de tarta. ¿Sabes esos coches que por fuera parecen muy pequeños pero por dentro estás amplio y supercómodo? pues este no es de esos. Este, estrecho por dentro y estrecho por fuera. Al principio me moló. Me sentía (por una vez) como un tío grande y poderoso, gracias al contraste (que nunca perdamos la ilusión del autoengaño visual). Pero me han bastado cinco kilómetros aprox., para entender que los grandes y poderosos en realidad son más bien todos los demás. Ha sido como ir con una vespa con techo. De hecho, cada camión que pasaba a mi lado me hacía rezarle a la virgen. Fíjate que decidí coger un coche precisamente porque ir con la bicicleta por el arcén es un peligro cuando te chupan los vehículos grandes por la fuerza centrípeta, pero mira… de verdad que no creas que con el coche-guinda he ganado mucho ¿eh? Si acaso, morir más recogidito. De recogerme al desparrame por la cuneta, a recogerme directamente desde el miniamasijo del minicochecín.

Sí, bueno. No puedo quejarme si lo elegí yo, claro. Es que era lo más barato. Jon siempre escoge lo de mejor calidad y yo siempre escojo lo más barato. Nos viene de costumbre, por los presupuestos antagónicos que hemos venido manejando en nuestras respectivas vidas. Pero como ahora Jon no está para darme el contrapunto, pues… el coche más cutre. Ya me llevará de una oreja a cambiarlo cuando vuelva, o cuando pueda tener conexión y se entere, supongo.

Ya podría haber sido blanco, por lo menos (el coche, no Jon). O negro cucaracha, para infundir un poco más de asco al enemigo. Ahora noto que la autopista no me respeta. Soy como una minifresita en una carrera de vainas. Lo que apetece es pisarme y hacerme zumo.

Aprendices del caos

Vuelvo a estar sin el espartano. Ahora está más lejos, pero menos tiempo. Luego volverá y se irá de nuevo menos lejos para más tiempo. Y así entre el más y el menos, y el tiempo y el lejos, irán llegando los otoños y las mañanas más oscuras, porque Julio es siempre el último mes de sol en vena. Ya tengo que encender las luces para verme las orejas cuando me levanto, y no pisar ningún minigato. Hoy al bajar en la bici, he pasado por unos cuantos carteles de Vuelta al Cole, con felices niños de catálogo vistiendo impecables uniformes y colgándose impecables mochilas. Normalmente todo el “vuelta a…” es sinónimo de buajs, pero este año casi me alegro de verles. Ojalá llegará ya mismo el otoño, con un chasqueo de dedos. A lo Thanos. Un chaks y adiós verano. Dos chaks y adiós Navidad. Tres chaks y fuck you, 2019. No es que crea que el 2020 vaya a ser mejor, pero sí creo que me lo tomaré de otra forma. Más a lo yo y menos a lo demás.

Los dos aprendices de gatos ya suben a mi habitación a dormir. Me hizo mucha ilusión verles la primera vez, pero se me pasó rapidito en cuanto empezaron a hacer pressing-cat a las cuatro de la madrugada encima de mis huevos. Estaba yo bastante desentrenado en el tema cachorros, la verdad. La prueba es que había olvidado por completo lo de los intervalos frenéticos de ahoraduermo-ahoramepeleo-ahoratiroalgo-ahoravuelvoadormir. Anoche le tocó al estante donde guardo el papel de váter de mi cuarto de baño. Tuve que levantarme de madrugada a recoger los seis rollos que iban saliendo rodando consecutivamente por la puerta, desplegándose en su camino, como minialfombras de Hollywood para cucarachas. Por ahora me da la risa. Supongo que porque aún es semiverano y levantarse de la cama no supone tener que descriogenizarte con un soplete. Ya veremos cuando empecemos por aquí con las temperaturas de una sola cifra, si me sigue haciendo tanta gracia que los dos Dalton me despierten a las tirititrán.

Hoy voy a alquilar un coche. Tengo un poco de ansiedad anticipatoria. Lo único que odio más que conducir, es conducir un coche que no controlo. Voy a coger lo más básico que tengan. Si me ponen delante el troncomóvil de los Picapiedra, me tiro en plancha.