Blanco con brilli

El 26 de agosto era el cumpleaños de Teo el loco. Ya solo me acuerdo de él a fogonazos y en fechas concretas que me pasen por las narices en plan rayo. Y anda que no le lloré, anda que no me dolió su muerte y anda que no sentí su ausencia. Sin embargo, ha pasado mayo y ni siquiera me he dado cuenta, a pesar de que no he olvidado ni un solo detalle de aquel día. Que eran las 16:30h., que yo estaba subiendo las escaleras de la casa de Miguel y que me llamó su tía. Tampoco que hacía un día precioso y un sol espléndido. Ni tampoco aquel peta que me lió Jim para pasar el trago en el tanatorio. Su tía fumó dos caladas. Miró hacia abajo y dijo «uy, qué lejos está el suelo…» Nos reímos. Quedó fatal reírse en un tanatorio, pero supongo que eso a él le habría encantado. Yo andaba loco por Jim en aquella época. Se portó muy bien conmigo y me ayudó mucho, la verdad. Lo sigue haciendo. Jim es uno de mis pocos, escasos, reducidísimos amigos. ¿Ser amigos de nuestros ex nos da algún tipo de puntos de inteligencia emocional extra? porque tampoco te creas que suele ser algo fácil o habitual.

María está mejor. Parece un león enjaulado, pero no podemos dejarla bajar a la piscina por si «los accidentes.» Ya es bastante popular con los berridos que mete, así no es cuestión de incrementar su club de fans con alguna sorpresa flotante en la piscina. Hasta que las tripas no se le recoloquen, la tenemos en secano, buscando bichos por el jardín. Jon le ha dicho hace un rato «NO TE LOS COMAS ¿EH?» Fue una de esas frases que se sueltan sin pensar, pero la verdad es que quedó fatal. Como si la pobre criatura fuera Renfield. Si alguien nos ha oído, tampoco contribuirá mucho a incrementar su club de fans.

Ya tengo comprador para el coche. Y ya tengo coche nuevo. Otra vez no me lo he comprado del color que lo quería. Pero van a tardar en dármelo unos 9.000 meses así que creo que voy a tener bastante tiempo para acostumbrarme al white pearl snow. O al snow pearl white. O al pearl white…

Bueno, vale. Al blanco con brilli.

Tormentas

María tiene gastroenteritis. No es ninguna sorpresa de la muerte, la verdad, porque cada día viene a tragarse más o menos medio litro de piscina. Pero le caído encima en un visto y no visto. No le ha dado tiempo a llegar al wc, así que he pasado las últimas dos horas limpiando explosión de… una cosa y explosión de… otra. Es increíble como un cuerpecito tan pequeño puede armar un festival tan grande. Jon estaba en el médico revisádose la polla (no es un eufemismo, es que ha tenido una dermatitis) así que he tenido que limpiar niña, pasillo y baño yo solo con mi amigo Sanytol y mi amiga mascarilla (con Pedro mejor no contar para según qué cosas). Nada más tirar el agua del último cubo, ha aparecido Jon por la puerta diciendo «No sé qué estás cocinando, pero huele fatal.» He dejado quemándose unas cuantas varitas de incienso allí dentro, pero aún así, hemos clausurado hasta mañana el baño de abajo como zona catastrófica. María acaba de quedarse dormida. He estado un rato con ella en la cama, leyéndole el pollo Paco, acariciando sus cuatro pelos y dándole de beber sorbitos de agua con limón y azúcar. Me gusta cuidar niños y cuidar gatos. Creo que, paradójicamente, estoy bien hecho para cuidar cosas. Para calmar tormentas y cerrar heridas.

Contar historias y calmar tormentas. No sé si puede existir un proyecto vital mejor que ese.

Agujas

Estoy cansado ya de tanto pinchazo. Hoy en la sala de análisis un chico grande como un castillo se ha caído redondo. Han tenido que tumbarle en una camilla. La enfermera me ha dicho «si eres sensible a las agujas, dínoslo antes de que te pinchemos». Me ha salido voz y postura de pelota de la clase. «No señora. A mí me puede pinchar, que no soy sensible a nada.» Ya ves tú. Si será por agujas en mi vida. Durante un periodo de tiempo, cuando lo de la pierna, me tuve que poner una inyección todos los días. Y como odiaba ir al hospital, me la ponía yo solo. Noche tras noche. Cenaba, me pinchaba. me tomaba un té y vomitaba. Casi siempre por ese orden. Sobre todo solía pincharme en el estómago. Y era muy torpe haciéndolo. Siempre iba moteado de cardenales y me hacía un daño del copón. Cuando nos ponían la quimio, la gente me decía «la verdad, es que al final te acabas acostumbrando y ya ni te duele». Los cojones. A mí me dolía siempre. Debo ser el peor enfermero del mundo, supongo.

Por fin he aprendido a manejar la máquina de coser. Ya no me coso las yemas de los dedos, ni saco gurruños. Aunque también soy incapaz de que me salga un trazo recto. Compré la máquina para coser los trajes de las funciones de mis alumnos. Es cantidad de paradójico que por fin haya aprendido a usarla justo cuando ya no tengo ni funciones, ni alumnos. La vida siempre tiene ese tipo de vueltas. La verdad es que sigo en un stand by de agosto, pero en septiembre tendré que enfrentarme a un montón de cosas. A los comienzos de curso, a las oposiciones, al final de mi contrato de prácticas, a qué demonios quiero hacer exactamente con mi vida profesional. Lo más lógico sería ir haciendo un planning de todo y sopesar todas la opciones, pero ya me conoces. Probablemente haga lo que hago siempre: vivir improvisando cada día lo que terminaré haciendo en el siguiente.

El llorica existencialista

Yo y aquí

Me siento muy gilipollas sentándome a la mesa de mi escritorio y poniéndome a llorar porque mi gato no está durmiendo encima de mi ordenador. Me siento muy gilipollas y muy esquizofrénico, porque hace cinco minutos estaba riéndome como una cabra viendo a uno de los cachorros trepar hasta el sillón como un escalador del Nanga Parbat. Ha sido Django. El macarra que se pasa la vida bufándome. Su bufido también me da risa, porque no va acompañado de ninguna agresividad. No me muerde, ni me araña, ni me ataca, ni me nada. Solo va soltando soplidos, según me ve. Fffff-fffff-fffff. Parece un globo pinchado. Ya estoy empezando a dibujarles su personalidad. Django el macarra tiene un rabo extralargo y orejas pequeñas: un escalador. Me traerá mil y un problemas de fugas y escapadas. Lío, el hippy tiene unas orejas enormes y un rabo corto: un explorador. Será mucho más pacífico y cobardica. Jon los confunde constantemente. Los levanta del pescuezo y me dice «¿Este quién es?» «Ese es Lío.» «¿Cómo lo sabes?» «Porque tiene rayas paralelas en la cabeza». Se lo acerca a la nariz, lo mira fijamente y suelta un suspiro. «Ari… TODOS tiene rayas en la cabeza.» María también los confunde, pero ella sin preguntar. Han venido ya cinco niños de la urbanización a ver los gatos. Ella los dirige y se inventa las cosas sobre la marcha. «ESTE ES TONGO Y ESTE ES PONGO». «María, no. No se llaman así.» «IS VERDAD ESTE SI LLAMA TRONCO Y ESTE MONCO.» «No. Tampoco. Ese se llama Django.» «ESTE SI LLAMA YANGO Y ESTE TANGO.»

En fin…

De los tres gatos que yo dibujaba, ya no me queda ni uno. Voy a tener que resetear el lápiz y empezar de nuevo. La verdad es que he decidido resetear varias cosas. Creo que me sentará muy bien hacerlo.

Me han dado ya los resultados del TAC y los marcadores. No tengo tumoraciones. La semana que viene, me harán el contraste radioactivo ese que me hace pitar en los detectores de los aeropuertos. Todo apunta a que solo estoy hormonalmente descompensado, como mi pobre gatovaca. Jon está aliviado. Creo que por eso le entró la necesidad y el subidón de buscarme dos gatos a toda velocidad. Se lo agradezco. Estoy contento de criar dos cachorros en paralelo. Creo que no lo he hecho nunca y la verdad es que se les ve especialmente felices jugando a darse por saco mutuamente. Eso sí… siguen oliendo a culo de mono. La veterinaria le ha dicho a Jon que son pequeños para bañarlos. Que mejor les frotemos con toallitas de bebé. Así que por ahora, seguirán oliendo a culo de mono. Hasta que se les caigan los dientes de leche, y aprendar a lavarse un poco más mejor.

Vendo mi coche y busco canguro. Por ese orden. Si sabes de alguien que pueda interesarle, envíamelo. Destinatario: Yo. Razón: Aquí.