Judías verdes. Un donut. Por ahora todo en el estómago.

He oído 25 veces seguidas Ojalá de Silvio Rodríguez. Me pierdo en ella. Es mi canción. Las primeras 14 veces ha sonado en el portátil. En la décimoquinta, M. ha entrado en mi cuarto y ha puesto su expresión de preocupado por mi estabilidad mental. Yo he correspondido con la mía de que todo va bien y le he ignorado poniéndome el ipod para poder escuchar la canción otras 10 veces más, con tranquilidad y sin interrupciones. Cada vez perfecciono más mi mirada de que todo va bien. He tardado doce años en conseguirlo, pero creo que ya soy un actor digno de oscar en el mundo de las emociones contenidas y del “estoy-tranqui-estoy bien”. Tampoco es malo que M. me sorprenda en alguna actitud obsesivo-compulsiva. Servirá para cuando le llame el psicólogo a confirmar mi baja laboral y decirle que no acudo a las citas de grupo. Y servirá también para que me deje un hueco de silencio. A nadie le apetece tener que leerle la cartilla a un desequilibrado.

Una lata de atún. Lacasitos. Una cocacola. He vomitado una vez.

Dos cigarrillos de hachís con tabaco. No me apasiona el sabor pero menos da una piedra. Antes no quería fumar tabaco porque tenía miedo de las adicciones. Estaba seguro de que las llevaba en mi carga genética y que en cualquier momento caería en alguna. En realidad mi carga genética es una mierda. Lo único bueno de lo que tengo constancia es de mi nonna Agra y físicamente no me parezco mucho a ella. Soy más bien la mitad de mi padre y la mitad de mi madre. La mitad de un sidoso yonki alcohólico y la mitad de una puta esquizofrénica suicida. Eso me convertiría en un chapero yonki sucida, así que no sé por qué ahora todos a mi alrededor se extrañan tanto. De hecho, ya tengo pensado un epitafio perfecto: “No fui yo, que fue la genética.”

Posicionamiento

Al final vengo a esconderme en el mismo sitio de dónde hace años necesitaba huir. Soy algo curioso. En homenaje a las zapatillas rojas y al monigote de la camiseta rayada, incluso he dedicado diez minutos a hacer una cabecera y limpiar la plantilla. En otras épocas habrían sido diez horas, pero ya no me importa mucho el envase del asunto. O digamos más bien que ya no me importa mucho el asunto. Pero aquí estaré bien, porque ahora ya no hay nadie y estos siguen siendo mis mundos. Lo siguen siendo, aunque ahora esté yo solo y vayan a tener otro color. Color de seppuku. Mi seppuku.

Posicionamiento: Soy Ariel R. Serlik. En Madrid. Encerrado en mi mausoleo. No tengo 22 años. Sólo 19. He conocido al amor de mi vida. Los libros tenían razón, lo supe enseguida. Al principio Intenté dejarle pasar. Mi futuro se dibujaba demasiado largo y negro. Pero insistió y yo bajé la guardia. Me dejé querer. Ahora me arrepiento de haber sido débil, porque ya no me acuerdo de cómo era ser valiente. Se me ha olvidado lo que era serlo. Se me ha olvidado estar solo. Ya no puedo hacer nada, sólo rendirme. ¿De quién es la culpa? Mía. La culpa es mía. Sabía que no debía, pero me dejé querer. No puedo autoperdonarme. De aquellos polvos, me ahogaré en estos lodos.
No sé qué más tengo en estos momentos. Un pijama con gatos dibujados. Náuseas. Un ipod con 312 canciones y un vídeo. Una caja llena de diarios para mi harakiri. Un ordenador portátil sobre la cama. Sangre en la nariz. Sangre en pañuelos de papel. Una tableta de hachís. Tabaco de liar. Cáncer de fémur. Artritis séptica en la rodilla izquierda. Un sistema inmunológico donde las tropas atacan a los civiles. Dolores. Muchos dolores. Dolores muy diferentes. Dolores profundos y enganchados a lo largo y ancho de mi cuerpo y mi mente. Dolores para gritar. Ganas de escribir. Insomnio.

“Dave… tengo miedo… siento que me desvanezco… no lo hagas Dave…”