Pues no me acuerdo. Un poco de algo porque llevo todo el día con dolores que no me dejan pensar mucho.

Bueno. Hoy menos comeduras de tarro y más dolor. Mañana habrá lluvia de perseidas. Me gustaría tener a alguien que me subiera al Puerto de Navacerrada a verlas. Por más que he tirado noches de agosto en pos de las perseidas, jamás he visto una. Nunca. Pienso que según la ley cósmica de la compensación, este año debería verlas caer a cientos sobre mis narices, para hacerme un rosario de deseos por cumplir. El primero sería la pierna. El segundo el libro. El tercero mi economía. El cuarto…
Vale. Es mentira. El primero serías tú. El segundo, tú. El tercero, tú. El cuarto, tú. Y a partir de ahí podríamos ir aplicando la misma regla desde el quinto hasta el infinito. No sé si pillas el concepto… Ah, no… calla… Olvidaba que no me lees.

Macarrones y ensalada de mar, que no tenía nada de ensalada, ni de mar. Sin dolores, ni parches. Aleluya.
No me gusta escribir esto. Hoy no encuentro la diferencia entre catarsis y autocompasión, y me vuelven las dudas. Quizá debería terminar aquí. O dar al botón del pause y dejar la imagen congelada unas cuantas semanas.
Sabía que me ocurriría al llegar a este punto. Una mierda esto de conocerme tanto y tan bien…

Tengo que pensar en ello.

Arroz con pollo. Un melocotón. Vino blanco. Demasiado vino blanco.

He vuelto a tener otro tirón en la ingle. El dolor es terrible, me corta la respiración. Hasta mañana no podrá verme el fisioterapeuta. Por teléfono me ha dicho que probablemente tenga un tendón montado que se contrae con determinados movimientos de la pierna. Así que así estamos. Mi ingle y yo. Como dos cowboys del far west, mirándonos frente a frente y esperando a ver quién dispara primero.
M. se ha ofrecido a darme un masaje en la zona con radiosalil, y yo lo he rechazado amablemente diciendo que ya no me dolía tanto. Mentira cochina, me duele más. La cruda realidad es que me da vergüenza que M. me toque tan cerca de los huevos. Se lo he dicho a A. y ella se ha reído mucho. Me ha recordado que hace apenas una semana estaba agarrando los suyos en la moto. Yo le he dicho que no era lo mismo. Que aquello eran cuestiones de guerra y la masculinidad estaba a salvo (al menos la mía). Ella ha suspirado y ha dicho que entre las chicas no existían esas chorradas y que en su clase, incluso se ayudaban a ponerse el támpax las unas a las otras.

Tengo que apuntarme a tener más conversaciones con A. Es todo un pozo de sabiduría teen.

Pez espada. Agua y paracetamol. Un día extraño.

Alguien quiere regalarme flores.
Hoy me han llamado de una floristería cercana a mi trabajo, diciéndome que tenían un encargo para mí, y que lo único que les habían dado era mi nombre y mi número de móvil. Me pedían una dirección para entregármelo. Al preguntarles el nombre del remitente, me han contestado que quien me hacía el regalo, quería permanecer en el anonimato.
He mandado sms a todas las personas que podían hacer algo así, y que no disponían de mi dirección, pero ninguna había sido. Ahora reviso los nombres de mi agenda uno por uno, con cara de tonto, y sin saber qué hacer. Flores para Ariel. ¿De quién? ¿de alguien que está leyendo esto en este momento? ¿alguien para quien, quizá, me he puesto demasiado oscuro? ¿alguien que sí que sabe encontrar besos por ebay?
Se me ocurre que deberíamos hacer un pacto. Un pacto de valientes. Salir ambos de nuestra madriguera. Yo por aquí… esa persona por allí… Y encontrarnos a cara descubierta en el centro.

Arroz. Agua. Fiebre. Nervios y malestar.

Todo el mundo quiere una vida bonita, pero agarran los ojos a las vidas tristes. No sé bien por qué es. Quizá necesitamos dramas para sentirnos mejor con nuestras propias miserias. O simplemente necesitamos saber que hay un lado oscuro y maloliente bien lejos de nuestro rinconcito limpio de chimpunes y colorines. Sea como fuere… yo tengo una idea muy clara de cómo quiero mi vida. Esto es, una casa de piedra de sillería, un trozo de jardín sin cuidar, un perro paralítico, dos gatos, otro perro con cuatro patas de los de toda la vida, un J. quejándose de que no le va el wifi, un J. quejándose de que no le gustan las pelis del plus, un quad para ir a comprar el pan al pueblo, y un J. quejándose en el asiento de atrás, de que sólo como harinas refinadas conelvenenoqueesesoaripordios…

Bueno, vale… en realidad me conformo con un J. quejándose por todo. Es tan entrañable…

Lo del jardín sin cuidar y el perro paralítico porque llevo toda la vida conmigo y me conozco, claro.