Deberíamos pasar directamente al verano

5 vueltas. 6 kilómetros. Ya no salto como Rocky Balboa. Ya lo hago directamente como Roger Rabbit. Creo que debo estar espectacular saltando como Roger Rabbit con las mallas de correr, la camiseta de yogures clesa y los zapatillones. Debería autofotografiarme con el móvil y poner la foto en la puerta de la nevera, para mis momentos de bajón.

Bueno, bueno… tengo un herpes en el labio superior y un dedo de la mano derecha reventado. Lo del herpes (presumo) es un bajonazo de defensas. Lo del dedo, un misterio insondable. Simplemente, me fui a lavar los dientes y pensé «uy… ¿qué es eso amorcillado que asoma por el palo del cepillo?» y sí… era mi dedo. Ni puñetera idea de cómo me lo hice. J. dice que me habrá picado una araña. Yo voto más bien por alguna hostia perdida, que quedara mitigada entre los dos litros de albariño, los chupitos de vodka y las cervecitas del aperitivo. No es de extrañar. Si sobrio me doy con las esquinas, entre efluvios alcohólicos ya… directamente, me arrastro por debajo de las piedras.

Así pues… ayer fue el día de los misterios insondables. Primer misterio: ¿cómo coño pudieron salir tan buenas las judías a la «mecagoendios-yahoraqueiba»? Segundo misterio: ¿por qué demonios lloraba y por qué demonios me dió por escribirlo como si fuera una novicia pedorra? Tercer misterio: ¿cómo me he reventado el dedo sin enterarme de que me he reventado el dedo? y Cuarto y más importante misterio: ¿por qué cojones no tiro de una puñetera vez la camiseta de los yogures clesa?

No paro de llorar. Creo que necesito una lobotomía.

Las fabes estaban cojonudas. Qué tonto es mi mundo. Qué absurdo.

Astenia

En todas las relaciones siempre hay alguien que quiere, y alguien que se deja querer. Alguien que extiende la mano, y alquien que se deja acariciar. Y esos roles los llevamos implícitos a lo largo de tooooda la relación. Como si estuvieran predeterminados de antemano. Los dos son roles amorosos, igualmente, pero… claro… uno resulta mucho más cómodo que el otro.

He tenido algunas relaciones en las que me dejaba querer. Pocas. Casi todas con chicas. Es una sensación agradable, la verdad. Como cuando sabes que estás sentado en el mejor sillón del salón.

En mi relación de ahora, soy el que quiere. Creo que lo fuí desde el segundo o tercer mes de conocernos. A veces me jode y otras veces… otras veces pienso «vale… no estoy en el mejor sillón. Ok. Pero oye… al menos estoy sentado en el salón.»

La verdad, esto de que toda la vida esté formada por roles es una pequeña mierda. Ojalá fuéramos multiusos como una navaja suiza. Ojalá todos pudiéramos ser todo, en uno u otro momento. El listo, tonto, el angustiado, tranquilo, el quemaenergías, energizante y el que se esfuerza… pasota.

Mis fabes con almejas no tienen buena pinta

En realidad son como un recreo de fabes en la piscina. Tchsk… mal rollo. Bueno, no dejaré que me cunda el pánico. Lo único que tengo que hacer es sumar un par de botellas de albariño al menú. Así las fabes seguirán siendo un desastre, pero para cuando llegue la olla a la mesa, importará mucho menos.

Ayudé a Ana a comprar el regalo del día del padre a Miguel. Y ayudé tanto, que se lo compré yo. Tuve buen ojo con la chaqueta, aunque ahora, cuando se la veo puesta me doy cuenta de que canta a Arielada por todas partes. De hecho… se da un aire a la que lleva Luke Skywalker cuando visita el planeta Dagobah. Se lo he dicho a Miguel esta mañana. «Pareces a Luke Skywalker cuando conoce a Yoda». Él ha soltado un chorrito de risa y ha dicho «Las elegido tú ¿no?» Me he puesto muy nervioso y he tirado toda la pasta de dientes por los suelos mientras balbuceaba «¿yo? nnnn… nonono… no… yo no, no… no…. claro que no… nooo… yo no.»

Como no suelo mentir mucho, nunca me acuerdo de cuántos noes hacen falta para resultar creíble. Desde luego, nunca más de dos, porque cuanto más compulsivo me volvía yo con el colgate, más sonrisitas de «sinomeimportatontín» me dedicaba él.

Era mucho más fácil cuando los hijos regalaban ceniceros de palos de polo y cuadros de macarrones.

Necesitaría la receta de las fabes con almejas…

Mis títulos cada vez son más parias ¿no?

J. se ha ido a Toledo. Hoy estoy sin caramelo. Bueeeeeeeeeeno… procuraré matar el día con cosas interesantes y prácticas, como por ejemplo escribir un post o… contar los mosaicos de la pared del wáter.

He ido a correr. Yo corriendo. Yo. Yo y mi pierna exchunga. Estoy hecho un machote. Hoy han sido tres vueltas al polideportivo. Eso hacen 3,6 km. Lo que cualquiera, con una forma regular, se haría a la pata coja, aunque para mí equivalga a medio everest. Cuando termino doy botecitos con los brazos en alto como Rocky Balboa. El guardia jurado de la puerta siempre me mira como diciendo «aypordios… que malo es el alcohol…» Me da igual. Si andar era ya un lujo, correr… correr es la polla (con perdón). Estoy seguro que mi rodilla chunga, si tuviera dedos, me haría la señal de la victoria.

Tengo que llevar a J. a correr. Aunque sólo sea por ver cómo se descojona cuando se lo proponga. Es muy raro esto de vivir a pachas con alguien. Muy reconfortante. Es increíble cómo nos acostumbramos y acomodamos a la mierda que supone el estar solo, y como nisiquiera llegamos a darnos cuenta de que, en realidad, es una mierda. Luego llega el momento de hacer café para dos, de proponer una peli de cine, incluso de discutir sobre calamares gigantes y krakens y entonces te preguntas ¿pero cómo coño vivía yo antes de tener a este tío aquí conmigo?»
Esa es la conclusión de hoy. Que todos, absolutamente todos, necesitamos un contrapunto humano.

Aunque no sé si J. pensará en estos momentos lo mismo, porque con tanto compartir salivilla al final le he pegado el resfriado. Y ahora es él el gue esdá buy, buy buy buy agadarrado, en el asiento de un piojoso autocar rumbo a Cabañas de la Sagra (ciudad sin ley), y yo el que se larga a trotar bajo la lluvia con una camiseta sin mangas, como el prota de uno de esos anuncios de yogures actimeles que te quitan el colesterol, la obesidad, el estreñimiento y hasta la cuñada pesada que vive en Cuenca, si se tercian.