Frutas y verduras. Verduras y frutas. Frutas y verduras de mentira para que Cris no se enfade.
Me pican las plantas de los pies, las palmas de las manos y los codos. Algo totalmente nuevo. Cuando me rasco me salen una suerte de puntitos rojos. ¿Eczema? ¿hongos? ¿hongos devoradores de codos, manos y pies? El dermatólogo me ha dicho: “Han venido un montón de personas con el mismo síntoma…” y luego se ha callado y me ha mandado gel de avena y una crema. Así que, por deducción, llego a la conclusión de que estoy enfermo de “Han venido un montón de personas con el mismo síntoma”. Es una suerte esto de tener a mi disposición un cuadro médico de profesionales tan, tan, tan explícitos. Le da a uno una seguridad…
Ahora no puedo poner las plantas de los pies en el suelo. Ni doblar la rodilla. Ni apoyarme sobre las palmas de las manos. Todas las horas que perdí estudiando, debí haberlas empleado en aprender a caminar con las orejas.

Ensalada con cefalópodo indeterminado. Naúseas. Dolor. Un mal día.

Llevé a A. a ver la película de Hanna Montana. Espeluznante experiencia. Lo único que saqué en claro durante la hora y media de película, es que todas las “star-teens” de la factoría Disney tienen cara de buñuelo. A la salida, dos niñas de catorce años me dijeron entre risitas que era muy guapo (eso a pesar de tener la pierna sobre el asidero de la muleta en plan flamenco tropical en reposo) y me ofrecieron sus teléfonos y sus twentis (que dicho sea de paso, no sé qué coño es). La autoestima me subió un 0,5%. Se lo dije a A. cuando salió de sus veinte interminables minutos de pis femenino, y me recordó que las niñas habían ido a ver a Hanna Montana y que, por consiguiente, a lo mejor eso significaba que yo también tenía cara de buñuelo. La autoestima me volvió a bajar otro 0,5%, quedándose en el mismo punto donde estaba antes.
He vuelto al hospital y a la rehabilitación. A H. le han tenido que amputar la pierna. Infección por rechazo. Es inevitable deprimirse un poco y hacer la porra de quién será el siguiente, como compañeros de tropa en Vietnam. Por supuesto, Edu vota por mí y yo voto por Edu, pero disimulamos y nos damos palmaditas diciendo: “ya verás como a ti no te pasa…”

Pescado blanco. Arroz. Chocolate en microdosis. Todo el día helado de frío.

No he podido pegar ojo. Seis veces he tenido que levantarme de la cama para masajearme alguna contractura muscular. Y para redondear la noche, a eso de las cuatro me ha despertado el maullido agónico de un gato retumbando por el patio de vecinos. He ido como una flecha a pasar revista a los míos, pensando que alguno se había podido caer por la ventana, pero lo he tenido que hacer guiándome por el tacto, en plan: “lo malvado es Tequila, lo obeso es Tripi”, porque todos dormían y no podía encender las luces. Cuando mi marcador táctil estaba ya: “mordiscos malvados 5 – cosas obesas 0”, me he empezado a asustar y he despertado a M. para que me ayudara a bajar al patio a mirar. Por supuesto, ha bastado que M. se pusiera los pantalones para que saliera el cabrón del gato, de veteasaberdónde, estirándose tan pichi con ojos de chino haciendo un esfuerzo.
M. iba a matarme (lo sé), pero afortunamente en ese momento me ha dado otra contractura y me he podido librar de su ira. Resulta un poco duro matar a un chico cojo cuando se cuelga de tu pijama gimiendo. Es casi como darle dos tortas a tu abuelito. Así que hemos decidido coger el aceite de rosa mosqueta y los gelocatiles, y sentarnos a ver el partido de los lakers, aplazando lo de matarnos para otro amanecer. Eso sí… a estas horas de la tarde, sin poder tomar café, té, cocacola, ni anfetaminas, no creo ser capaz de resistir sobre las muletas más allá de las seis. O de las cinco. O de dentro de diez minutos. O de ya.

María me ha enviado su libro. Tengo en mis manos el libro de María. Y me lo ha dedicado y me lo ha rellenado con chocolate. No una campana de elgorriaga, no… chocolate de primera. Chocolate de gourmet. Aparte de “a tomar por culo la hiperglucemia, esto hay que celebrarlo”, se me ocurren muchas frases para adornar el momento. Me emociona que un escritor me dedique un libro, pero si encima ese escritor surje de la complicadita blogosfera… ya no es emoción, es directamente adrenalina.
Bueno, sí… la blogosfera no era lo complicadito, sino yo. En mi vida he dado saltos más grandes que cuando alguien me ha intentado sacar de la madriguera. El chico saltamontes ahoraestoy-ahoranoestoy. No me sorprende que muchos hayan llegado a la conclusión de que no existo o de que soy el experimento sociológico de cuatro frikis con mucho tiempo libre. En un mundo como este, lleno de redes sociales, asociaciones, grupos y subgrupos, donde todo individuo busca la aceptación de un clan y su consiguiente huequecito amable en la sociedad humana del mundo mundial…¿qué coño pinto yo con mi cartel de Not Disturb? Si hasta incluso me sorprendo todavía cuando veo mis ojos mirando ahí arriba. Tanto que un día de estos, me dibujaré un antifaz y un bigote.

Pero María me ha enviado su libro, y no he sido saltamontes. Porque con María no hace falta saltar. Ella sólo se acerca y dice “chst…eh chaval… coge esto y lárgate. Vamos, vamos, vamos…”

María es mi héroe.

Nuevo menú de gourmet. Había helado frito, crêpes de plátano o brownies y he pedido zumo de naranja. Me merezco un monumento. Sangrado leve de nariz.

Al médico se le han salido los globos oculares cuando ha visto mi analítica. Me ha dicho que si lo que quería era suicidarme como un niñato, ponía a mi disposición todo un surtido de pastillas mucho más rápidas y efectivas que las “helatatas Serlik”. Yo me he justificado diciendo que había pasado unos días bastante deprimido, y él me ha rugido (literalmente) que valía como excusa para los niños de doce años, no para un “hombre hecho y derecho de veinte”. Es pasmoso como puedes pasar de ser un “niñato” a un “hombre hecho y derecho”, según varíe la argumentación de bronca de tu interlocutor… Debo estar mejorando, porque con la somanta de hostias verbales que me ha metido (y que por otra parte me merecía), demuestra que compadecerme, me compadece poquito. Y eso siempre es buena señal.
Aparcado mi caos alimentario hasta nuevo aviso. No puedo empezar el ciclo de prednisona con el hierro bajo mínimos y la glucosa desbordando por las orejas. Estoy animado a volver a la rehabilitación. Es gracias a él. El amo de mi calabozo que abre o cierra el futuro con un sólo gesto.
Inmenso el poder del hombre con pantalones de Jeremías Johnson…