Macarrones y ensalada de mar, que no tenía nada de ensalada, ni de mar. Sin dolores, ni parches. Aleluya.
No me gusta escribir esto. Hoy no encuentro la diferencia entre catarsis y autocompasión, y me vuelven las dudas. Quizá debería terminar aquí. O dar al botón del pause y dejar la imagen congelada unas cuantas semanas.
Sabía que me ocurriría al llegar a este punto. Una mierda esto de conocerme tanto y tan bien…

Tengo que pensar en ello.

Arroz con pollo. Un melocotón. Vino blanco. Demasiado vino blanco.

He vuelto a tener otro tirón en la ingle. El dolor es terrible, me corta la respiración. Hasta mañana no podrá verme el fisioterapeuta. Por teléfono me ha dicho que probablemente tenga un tendón montado que se contrae con determinados movimientos de la pierna. Así que así estamos. Mi ingle y yo. Como dos cowboys del far west, mirándonos frente a frente y esperando a ver quién dispara primero.
M. se ha ofrecido a darme un masaje en la zona con radiosalil, y yo lo he rechazado amablemente diciendo que ya no me dolía tanto. Mentira cochina, me duele más. La cruda realidad es que me da vergüenza que M. me toque tan cerca de los huevos. Se lo he dicho a A. y ella se ha reído mucho. Me ha recordado que hace apenas una semana estaba agarrando los suyos en la moto. Yo le he dicho que no era lo mismo. Que aquello eran cuestiones de guerra y la masculinidad estaba a salvo (al menos la mía). Ella ha suspirado y ha dicho que entre las chicas no existían esas chorradas y que en su clase, incluso se ayudaban a ponerse el támpax las unas a las otras.

Tengo que apuntarme a tener más conversaciones con A. Es todo un pozo de sabiduría teen.

Pez espada. Agua y paracetamol. Un día extraño.

Alguien quiere regalarme flores.
Hoy me han llamado de una floristería cercana a mi trabajo, diciéndome que tenían un encargo para mí, y que lo único que les habían dado era mi nombre y mi número de móvil. Me pedían una dirección para entregármelo. Al preguntarles el nombre del remitente, me han contestado que quien me hacía el regalo, quería permanecer en el anonimato.
He mandado sms a todas las personas que podían hacer algo así, y que no disponían de mi dirección, pero ninguna había sido. Ahora reviso los nombres de mi agenda uno por uno, con cara de tonto, y sin saber qué hacer. Flores para Ariel. ¿De quién? ¿de alguien que está leyendo esto en este momento? ¿alguien para quien, quizá, me he puesto demasiado oscuro? ¿alguien que sí que sabe encontrar besos por ebay?
Se me ocurre que deberíamos hacer un pacto. Un pacto de valientes. Salir ambos de nuestra madriguera. Yo por aquí… esa persona por allí… Y encontrarnos a cara descubierta en el centro.

Arroz. Agua. Fiebre. Nervios y malestar.

Todo el mundo quiere una vida bonita, pero agarran los ojos a las vidas tristes. No sé bien por qué es. Quizá necesitamos dramas para sentirnos mejor con nuestras propias miserias. O simplemente necesitamos saber que hay un lado oscuro y maloliente bien lejos de nuestro rinconcito limpio de chimpunes y colorines. Sea como fuere… yo tengo una idea muy clara de cómo quiero mi vida. Esto es, una casa de piedra de sillería, un trozo de jardín sin cuidar, un perro paralítico, dos gatos, otro perro con cuatro patas de los de toda la vida, un J. quejándose de que no le va el wifi, un J. quejándose de que no le gustan las pelis del plus, un quad para ir a comprar el pan al pueblo, y un J. quejándose en el asiento de atrás, de que sólo como harinas refinadas conelvenenoqueesesoaripordios…

Bueno, vale… en realidad me conformo con un J. quejándose por todo. Es tan entrañable…

Lo del jardín sin cuidar y el perro paralítico porque llevo toda la vida conmigo y me conozco, claro.

Salmón con una salsa extraña por encima que tenía color y consistencia de semen. Bastante asqueroso todo. Dos bocados y un puaj.

9-5 de tensión. Eso explica la pedorrez absoluta que arrastro.
Hoy tocaba proctólogo. Tengo enfermo el fémur, pero termino viendo al proctólogo. De la rodilla al culo en veinte segundos. Qué bonito es todo…
He ido convencido de que la cita era a las doce y media y una vez allí, me he encontrado con que era a las diez. Muy mío. La enfermera, con expresión de chihuahua, me ha dicho que lo ponía muy claro en el papelito que me dieron. De nada ha servido el “mire usted es que vivo muy lejos”, ni el “espero el tiempo que haga falta”, ni siquiera lo de “es la medicación que me vuelve autista”. No le ha dado la gana atenderme fuera de cita. Y claro… me olvido de protestar ante un proctólogo. Primero, porque no sirvo para esas cosas; segundo, porque ha sido culpa mía, y tercero… porque es el proctólogo. De todas las idioteces que podría hacer en mi vida, creo que la más flagrante sería ponerme chulo con un tio que tiene mi próstata en una mano, y todo un abanico de chismes quirúrgicos en la otra.

Calor, calor, calor. Mucho calor. Ojalá pudiera dormir en el frigorífico cual vulgar filete de pollo.