Yo que sé… ni me acuerdo… ¿pescado?

Se supone que tengo prohibido terminantemente el sol. Se supone que con mi enfermedad autoinmune, me la juego si me quemo. Se supone que debo usar un protector de pantalla total y que debo esconderme de las peores horas de exposición (o sea, todas). Sin embargo, yo me voy de paseo a la piscina descubierta, en plena mañana de junio, con mi gorrita, mis gafitas de los chinos y mi protector del 10 y claro…termino de color ladrillo chungo, a lo largo y ancho de mi cuerpo. ¿Y ahora? ¿que hago mañana en la revisión? ¿mentir y decir que alguien se llevó el techo de mi casa mientras dormía? ¿contar la verdad y confirmar que soy una combinación de imbécil integral e irresponsable absoluto? ¿explicar que mientras estaba bajo la solanera no me parecía tan mala idea? Creo que mi capacidad para cuidar de los demás es inversamente proporcional a la que tengo para cuidar de mí mismo. Necesito otro Ariel. Uno que vaya paralelo a mí y me vigile. Uno que me hable conmigo y me diga “¿qué tal? ¿qué has comido? ¿te has acordado de la prednisona? suenas triste, ¿estás bien? ¿todo bien en el trabajo? ¿has escrito hoy? ¿te duele la rodilla?”

Polos de congelar y batidos de proteínas. Sólo tengo sed. Es la prednisona.

200 litros por metro cuadrado en cinco minutos. Eso fue Madrid anteayer. Y de entre todos los sitios donde podía pillarme, me pilló subido en una moto. Culpa mía. Suelo ser ciego a todo lo que juega en mi contra: rodilla chunga, falta de carnet para esa cilindrada, cielo encapotado a punto de aguacero… Pero claro, sólo era llevarla de Plaza España a Quevedo, y encima con cambio automático, así que no requería juego de tobillo. Pensé “¿qué puede pasarme?”. Pues el diluvio universal. Eso pudo pasarme y eso me pasó. Litros de agua corriendo calle abajo, coches circulando a 10 km/h. por la mala visibilidad, y la policía municipal (o eso me pareció) en cada esquina, supervisando el caos. Eso sin contar con que llevaba el nervio ciático pinzado y que bajar el pie derecho en cada parada era un pequeño viacrucis para mi pobre culo. Milagro que no terminé yo también calle abajo y desembocando en alguna alcantarilla. Eso sí… afortunadamente, iba muy adecuado para la lluvia con los pantalones de lino y las chancletas. Cuando pude desmontar de aquel trasto parecía talmente que me hubieran envasado al vacío.
Otro apunte para escribirme en la frente: No se hacen cosas de dos piernas, cuando sólo puedes disponer de una.

Ensalada de ensaladas. Dolor articular. Ciática. Qué viva la pepa.

Mientras ordenaba el botiquín he encontrado las dos cajas de adofen, de cuando estaba en el psicogrupo y nos las recetaban como caramelos. Me he acordado de una de las chicas de allí, diciéndome “Es como si te colocaran unas gafas con las que pudieras ver el mundo en rosa”.
Me ha entrado la furia repentina y he vaciado los cuatro envases en el wáter. Colocón para las ratas alcantarilleras. No quiero ver el mundo en rosa, cojones. Ni en amarillo, ni en naranja, ni en verde botella. Quiero ver el mundo del color que tenga. Gris viejo. Azul pedo. Marrón caca. Y ser consciente de la realidad. La pastilla que te ayuda siempre desemboca en un envase que se termina. Y luego en el segundo. Y después en el tercero. Y sigues dejando al monstruo allí, agazapado y enmascarado en colorines monos, dispuesto a comerte vivo en cuanto te descuides. Menuda solución de mierda, que nisiquiera es solución. Un paréntesis eterno que mantienes ahí suspendido por el resto de tu vida, mientras te autoengañas, como un gilipollas integral.

Uf… ¿otra subida de testosterona? y yo sin una Conchita que echarme a la mala leche…

Todo lo que había en el frigo, porque tengo que descongelar mañana. Hecatombe hepática de croquetas frudesa y yogures caducados. Dolor de riñones.

Nuevo ciclo de prednisona y la herida de la pierna cerrada y calladita. Tranquilo, porque J. está tranquilo, y contento, porque J. está contento. Jugamos a Diablo II y me hace chistes de los suyos, de esos que me sacan risa de conejo. Planeo, prudentemente y en silencio, meterme en su casa de contrabando. No sé qué tiene este hombre, que sólo necesita respirar para excitarme y decir “cáspita” para que me descuerne de risa. Creo que es el fenómeno fan. Si cantara o tocara la guitarra, yo sería el descerebrado que llevaría su foto hasta en los calzoncillos y recorrería 950 km. haciendo autostop sólo por ver su nuca de refilón entrando al hotel.
Gracias a mis eczemas devoradores de pies, me tengo que meter en la piscina con escarpines de goma, como las viejillas. Sólo de pensar en la imagen que doy con el gorrito y los escarpines, me voy riendo durante todo el trayecto piscina norte-piscina sur. Me estoy haciendo famoso en el centro de rehabilitación. Ya no soy el rubio de los pelos disparados bajo el gorrito. Ahora soy el rubio de los pelos disparados bajo el gorrito que se descojona solo. De aquí a que me manden de nuevo a psicoterapia, hay un paso.

Frutas y verduras. Verduras y frutas. Frutas y verduras de mentira para que Cris no se enfade.
Me pican las plantas de los pies, las palmas de las manos y los codos. Algo totalmente nuevo. Cuando me rasco me salen una suerte de puntitos rojos. ¿Eczema? ¿hongos? ¿hongos devoradores de codos, manos y pies? El dermatólogo me ha dicho: “Han venido un montón de personas con el mismo síntoma…” y luego se ha callado y me ha mandado gel de avena y una crema. Así que, por deducción, llego a la conclusión de que estoy enfermo de “Han venido un montón de personas con el mismo síntoma”. Es una suerte esto de tener a mi disposición un cuadro médico de profesionales tan, tan, tan explícitos. Le da a uno una seguridad…
Ahora no puedo poner las plantas de los pies en el suelo. Ni doblar la rodilla. Ni apoyarme sobre las palmas de las manos. Todas las horas que perdí estudiando, debí haberlas empleado en aprender a caminar con las orejas.