Pollo. Ensalada de pasta dura. Dolor de huesos.

Voy a marcharme. Pasaré unos pocos días en la sierra y meteré las piernas en agua de manantial. Callare la boca de los dolores y ordenaré los papeles, los diarios, las ideas, los deseos, los planes… A ver si en el trance hago las paces con el portátil y con los pelos de coliflor. A ver si el módem usb prepago es tan módem usb prepago como dice la publicidad del módem usb prepago. A ver si no te enfadas mucho conmigo. A ver si me quieres igual que siempre. A ver si descubres que por fín soy yo el que te dibuja un cordero.
No sé si te lo he dicho alguna vez pero… no me gusta El Principito. Ni Juan Salvador Gaviota. Ni Los Renglones Torcidos de Dios. Ni la mierda esa del oso cavernario. Ni Los Pilares de la Tierra. Ni Amelie. Ni Juno. No sé si te he dicho alguna vez que odio a Juno. Que le cogí una manía tremenda con sólo diez minutos de película. No sé si te he dicho alguna vez que nunca me gusta nada de lo que le gusta a todo el mundo y que eso me provoca el castigo del silencio.

Ya… ya sé. Mucho silencio no guardo, no…

Tostadas y café. Con 1 k. de repostería martínez en la cocina. Tengo motivo para quererme.
Sigo con el corazón un poco encorchado. Conozco estas etapas. Yo las llamo las de la inercia, porque todo lo hago siguiendo el instinto básico de animalito. Es como si las emociones no me traspasaran. Me levanto porque me tengo que levantar, como porque tengo que comer, me muevo porque me tengo que mover… No hay pasiones, ni líbidos, ni odios, ni miedos, ni deseos. Nada. Pedazo de carne con ojos, viviendo por inercia. Algo parecido al sueño con somníferos, pero en el lado de la consciencia. Debe ser que me estoy autoblindando sin querer, al preveer que me toca hablar de Nicolás.
Me he cortado el pelo de la nuca de la forma que lo hacen los irracionales. Es decir, cogiendo unas tijeras y trisca-trisca-trasca. No sé qué tipo de escabechina me habré hecho, pero M. ha puesto ojos de pánico cuando me ha visto. Mientras me lo igualaba con la maquinilla no paraba de preguntarme por qué demonios hacía cosas así. No sabe que soy un valiente cuando se trata de automutilarme. Aún tengo la marca leve del nombre que me escribí en el antebrazo con la aguja de un compás, la primera vez que me enamoré de un gilipollas.
Como sólo me he cortado la nuca, los rizos se me han encogido hacia arriba, y ahora mi cabeza es una especie de trozo de coliflor. Mola todo. Me encanta verme. Me río mucho, y salgo a trocitos de mi vida por inercia.

Nada. Me acabo de levantar.
Ayer fue mi último día de trabajo y hoy mi primer día de vacaciones. Me duelen las piernas y las caderas en un dolor suave, dulce y constante. Jodidamente soportable. El traumatólogo me dice que es de origen reumático y que me irán muy bien algunos baños de mar. Tiene mucha gracia mi médico cuando se pone. No tengo dinero, ni ganas de irme a la playa. Además necesito julio para escribir y para reventar los candados de mi puerta principal. No sé. Creo que me untaré las piernas de bronceador de coco, echaré sal a la bañera y esparciré un poco de arenilla de obra por ahí, para ver si psicosomatizo mis caderas, y terminan pensando que están en bora-bora.
Sin noticias de mi ordenador. Creo que mi estado de ánimo también está un poco reumático. El primer libro de Larsson me ha enganchado por fin a la historia. Ha tardado 250 páginas. Estos suecos son jodidamente fríos. Parece que en vez de escribir estuvieran haciendo un dibujo lineal: Traza esa línea… gira ese arco…¡no! ¡no te salgas del plano, por IKEA!

Se me ha roto el ordenador. De una forma muy espectacular, con chispazo, humo, salto de automático, apagón general, olor a refrito… Me encuentro dos opciones: Tirar de portátil o tirar de portátil. Yo aprendí mecanografía con una underwood de hace siglo y medio que había en casa de mi padre. En cada tecla se podía aterrizar un helicóptero, y tenías que hundirlas con fuerza para que marcaran la letra al ritmo de clanca-clanc. Ya me costó luego escribir con todos los dedos en un teclado pc vulgaris, así que cuanto más, en estos teclados pc-portátiles, que parecen diseñados para pigmeos con visión nocturna. Con cada letra que escribo, tengo que borrar otras cuatro que se me han colado por la cara. Menos mal que hoy he descubierto en una esquinita la miniteclita de borrado. Eso después de año y medio usando el retroceso para suprimir, como un pringao. Su puta madre. Que manía de hacer el mundo en pequeñito y en plano. Qué poca consideración para con nosotros, los inútiles en tres dimensiones.
Y todo eso sin meterme con el windows vista y su estrellita antipirateo superguay para chicos legales y chachis que no piratean, ni roban programas como vulgares comunistas. Que no quiero decir dónde les metía yo la estrellita, previo afilado de sus cinco puntas naranjitas y verdes.

Hoy no tengo pus apestoso. No tengo nada y estoy moreno de verde luna. Si me dejas sentado en un sofá y no te fijas mucho, casi parezco un chico normal.

Muchos días sin probar guarrerías. Estado anímico en mejora progresiva.

He hecho 18.000 puntos al crack attack. Aposté con M. una botella de vichy a que hacía más puntos que él y le he ganado por goleada. Por goleada y con trampas, porque en realidad, he descubierto un bug que hace que el juego vaya mucho más lento y sea más fácil sumar puntos. Marqué mis tantos como Ariel The Warrior, pero he sido castigado por hortera (y por tramposo) y al haber sólo quince espacios, mi record ha quedado registrado como Ariel the warri, que queda mucho más cañí, y me quita los tintes de guerrero para dejarme en simple putón verbenero. Tiemblo de pensar el cachondeo que me espera en casa con el mote de las narices.
Hoy me he limpiado y desinfectado un pus asqueroso que olía a queso rancio. He reconocido enseguida el olor. Era el mismo que desprendía la piel de Tao los días anteriores a sacrificarle. Olor a descomposición de células caídas en la batalla contra las bacterias, dice J. Olor a carne muerta, digo yo. Por eso J. quiere ser Tarantino y yo Jack Kerouac. Tenemos diferentes versiones para una misma vida.