Hoy no me centro

Pepe Tripi anda loco por comerse mi barra de proteínas, y yo ando loco porque no se la coma. Mientras escribo esto, mantengo una especie de batalla de esgrima, barrita en mano, mientras sus 20 kilos de panza trepan por mi espalda con aviesas intenciones robagolosinas. Los gatos normales del mundo mundial comen atún y jamón york. Los míos no. Los míos quieren café con leche y barritas de proteínas. Hay que joderse…

Estoy nervioso porque mañana me fumaré un peta a oscuras con J. en su casa, y beberemos Jack Daniels. No sé distinguir si me pone más nervioso el Jack Daniels, el peta, el J. a oscuras o la combinación de las tres cosas fundidas en una.

Creo que será difícil que vuelva a estar tan cerca de la muerte por ataque de felicidad idiota y absoluta.

Esta para María

Teo dice que se hace un lío entre los diarios que escribo ahora y los que transcribo de cuando era niño. Dice que debería poner fechas o algún párrafo que avisara, en plan «ojo que esto es pasado… ojo que esto es presente….» Yo le digo que para eso los pongo en dos colores, y él me dice que lo de las fechas es mejor idea, porque el gris no se distingue en blogger.
Tiene razón, claro, pero el problema es que mis diarios no tienen fecha. Todas las entradas desde hace diez años están fechadas con el día de la semana. Lunes: blablabla… Jueves: blablabla… sábado: blablabla y claro, así es complicado lo de organizarlos. Soy caótico, lo sé. Lo he sido siempre. Cuando hablo de mis diarios, uno se imagina una colección de libritos con tapas de piel y atados con una cintita cursi, pero no… en realidad son un puñado de papelotes amarillos, unos encima de otros y a mogollón, metidos en cajas de zapatos. Algunos no son ni cuadernos, sino simples grupos de hojas sueltas pilladas con una grapa.

Qué voy a hacerle. Era pequeño. Era pobre. Era un puto desastre, como ahora.

Bueno, hoy sigo con los diarios antiguos. A J. no le hará gracia que vuelva a escribirlos, así que pasado mañana tendré que ponerle mi cara de niño de comunión. Y él se reirá y me dirá «pero… será posible…»

No importa. Tengo que continuarlos. Se lo prometí a María.

La casa huele a guisote raro

Estoy cocinando. Preparo lentejas a la «no tengo ni puta idea de cómo se hacen las lentejas». Creo que serán un éxito, si logro que lleguen vivas a la cena.

Sigo con demasiado trabajo, pero ya voy reaccionando. Para darme un poco de marcha, amenizo la jornada laboral sintonizando una emisora de radio dónde sólo ponen rancheras. Me paso las ocho horas cantando, y yo solito me hago los solos, los coros y hasta los falsetes. Todos mis compañeros me odian un poco, excepto el Sr. Mateu, que todavía me encuentra simpático, porque está completamente sordo del oído derecho.

He encontrado esto en el libro que estoy leyendo: «…Tengo un problema de voltaje. No sé cómo decirte. Muchas veces tengo la sensación de que me falta un botón. Ya sabes, un chisme para regular el volumen. Siempre me paso en un sentido o en otro. Nunca consigo encontrar un buen equilibrio, y mis inclinaciones siempre terminan mal. Cuando bebo, bebo demasiado, cuando fumo, me hago polvo, cuando amo, pierdo la razón, y cuando trabajo me deslomo. No sé hacer nada normalmente o serenamente…»

Lo he subrayado en rojo. Me siento cantidad de identificado. Un botón de voltaje. Eso es. Eso es lo que me falta. Por eso no fumo. Por eso no bebo. Por eso no me coloco. Porque sé que terminaría en una esquina vomitando vino y anunciando el fin del mundo, vestido con hojas de periódico y un gorrito de pompón. Tengo que asumir que yo no camino por la vida. Yo galopo.

El libro se llama Juntos nada más. No es un libro maravilloso, pero es bonito y emotivo. Me gustan sus personajes raros y desheredados. Me lo regaló Miguel por navidad. Miguel siempre me regala libros bonitos. Cuando le pregunto en qué se basa para elegir, él se encoje de hombros y responde: «No sé… me gustó la foto de la portada». Yo me paso horas eligiendo libros. Leo sinopsis, estudio críticas, selecciono autores… y después siempre acabo comprando mierdas como pianos. Miguel elige los libros por el dibujito, como los niños, y no falla jamás. Creo que le odio un poco por eso.

Mh… otra para ti con un attach de recuerdos

No sé… no se qué llevarte cuando vaya a verte. Ando un poco nervioso, de acá para allá, como el crío de siete años al que van a sentar en las rodillas de los reyes magos.

Oye, recuerdo los reyes magos de mi infancia ¿sabes? porque una vez nos llevaron los frailes. Uno de los días que nos bajaron a Segovia a escuchar misa navideña en la catedral. Recuerdo que estaban ahí plantados los tres, enmedio de la calle, en una especie de tarima en alto, con sus trajes de oropeles y sus tiesas barbas de polivinilo. Y allá que fuimos toda la fila de huerfanitos. Uno por uno, pasando por los reyes magos a pedir cosas que no nos iban a traer. Que recuerdo que el hermano Julián nos iba diciendo «no seáis egoistas que Dios os está viendo. Pedid por los niños que no tienen nada, pedid por los niños que no tienen nada…» Y según avanzaba la cola, yo iba pensando «Pues de puta madre, porque ese soy yo…», así que tal cual me pusieron delante del falso melchor, allá lo solté «Yo soy Ariel y quiero una pista de coches de maicromachin.» Y tal cual me la llevé, claro. Un collejón que me soltó el hermano Julián según bajaba de la casetilla, que casi me vuelve las orejas del revés. Y venga a llamarme egoísta hijo de satanás y nosecuantas cosas más, mientras el que iba detrás de mí, en vista de mi éxito, pedía compulsivamente mogollón de dádivas para todos los negritos del Congo, de Etiopía, del Senegal y de todas las partes del mundo donde hubiera negritos descristianizados sin regalos.

¿Ves? si es que lo mío con la iglesia ha sido divorcio desde antes incluso que nos casáramos…

Bueno, que me enrollo. Que no sé qué llevarte. Chocolate. Arándanos. Chocolate y arándanos. Chorándanos y aralate. Y que ya me he probado los pantalones comando estossonmiscalzoncillos-estemiombligo y que parezco un idiota (qué novedad…). Así que si no te importa, me recibes con los ojos cerrados, las luces apagadas, y un saco de arpillera en la cabeza.
Venga… imagínatelo. No me niegues que nos íbamos a echar unas risas. Al menos hasta que uno de los dos pisara a Takhesi con las botas militares.

Y hablando de gatos… he leído el post anterior y creo que me meto demasiado con Juana Tequila, como si entre ella y yo no hubiera feeling. Pero no es así ¿eh?. Lo cierto es que es la niña de mis ojos, hasta cuando me desolla la tetilla. Bueno… cuando me desolla la tetilla, más. La verdad, la puñetera verdad… es que las mujeres crueles siempre me han robado el corazón. Tchsk…

Mientras ves la peli, te cuento que soy un cabrón

Esa es mi guirnalda de cumpleaños oficial. La ariguirnalda. La compré hace tres años en un chino cutre y desde entonces, impepinablemente, la saco en cada cumpleaños y la cuelgo por la noche, con muchos globos alrededor, para que sea lo primero que el homenajeado vea cuando se despierte (aquí los globos no los pude pillar porque los gatos ya habían tirado cerca de media docena).
Lo que quizá pueda parecerte un gesto bonito, en realidad es una putada enorme. Porque puesto así enmedio, lógicamente tienes todas las papeletas de amanecer la mañana de tu cumpleaños masticando globos, con los picos de una M dentro del ojo. Y encima sin poder soltar maldiciones, ni cagarte en la madre de nadie, si no quieres parecer un grinch pedorro y desagradecido.

Es una de mis gamberradas de doble filo, pero hasta ahora siempre ha pasado desapercibida. Nunca nadie, a lo largo de estos tres años, ha sido capaz de decirme que me metiera la guirnalda por el ****. Y eso que no termino ahí ¿eh? Que luego pongo ojos de niño de comunión y digo eso de: «¿te gusta? ¿de verdad? venga, pues la dejamos ahí todo el día ¿vale?», obligando al pobre homenajeado a entrar y salir de su habitación durante toooodo un largo día, agachando y levantando el pescuezo cual vulgar estornino.

Pero nada macho… que nadie se me enfada. Tanto es así que me estoy planteando utilizar lo del niño de comunión para otros menesteres. Como… no sé… pedirte sexo o… decirle a Miguel que el fairy me produce dermatitis.

La segunda foto debería ser la de una dulce gatita que sube mimosa sobre el jersey de su amo y juguetea con la correa de la cámara, pero sólo es Juana Tequila metiéndose por enmedio de la ÚNICA toma que me salía bien centrada, para aplastarme el bazo y clavarme toda su zarpaza en la tetilla derecha.

Ya sabes. Cada persona tiene el gato que se merece. Ni más ni menos.