Veintemil albaricoques. Indigestión en ciernes.
Hoy hubiera podido dormir, pero la pierna no me ha dejado. Siempre que me duele la pierna, pienso que mi donante de menisco está tratando de decirme algo desde el más allá. “Corre” o “levántate ya” o quizá “que sepas que no es nada divertido estar en el inframundo sin rodilla”.
Se lo dije a los del grupo de apoyo psicológico cuando aún fingía tener ganas de estar allí y se rieron mucho. No era ninguna broma, pero me esperaba que se rieran. Me pasaba siempre con ellos. Cuando hacía bromas me miraban con cara de paisaje, y cuando me ponía serio, se tronchaban. Éramos como cinco huevos y una castaña. Cada vez que Javier me decía “Tu turno, Ari. Cuéntanos lo que piensas de todo esto” yo siempre tenía que morderme la lengua para no decir: “Pues que tú eres un sobrao que va de listo, que esos cinco son unos tristes y que yo soy un gilipollas que en lugar de estar aquí, debería estar bajando porno de internet.”
Pero en vez de eso, siempre decía: “Pues… es terrible todo…” y los cinco tristes y el sobrao me daban palmaditas y decían “ya… ya… pasará… estamos contigo…”

Mientras amanecía, me he dado friegas con aceite de rosa mosqueta. Me la trajo M. No sé para qué sirve. Bueno, sé que no sirve para quitar el dolor de huesos, pero me encanta el nombre. Rosa mosqueta. Ro-sa mos-que-ta.

Pan tostado. Un plato de sopa. Fiebre de 7 a 10.

Anoche hubo tormenta de rayos, truenos y centellas. Se hizo día en la noche. Impresionante. Los demás se habían acostado, así que salí a la terraza y me puse bajo la lluvia, con la cara y los brazos vueltos hacia arriba. El pijama se me pegó al cuerpo. Resulta impresionante mirar hacia los rayos con los ojos cerrados. Cuentas 1-2-3 y piensas que el próximo te cae encima y te borra de la tierra sin sufrir. Estuve allí hasta que los gatos lloraron desde la entrada. Me pareció que los miaus sonaban a “Entra ya estúpido, y cierra la puerta. Nos estamos acojonando…”
Bueno, a las pocas posibilidades de que me cayera un rayo, añado mi triángulo corporal de protección mágica. El anillo bereber en la mano izquierda, el tatuaje chelja al final de la espalda, la piedra de mi shemir en el piercing del ombligo que ocultaba bajo la camiseta como regalo para él…
Mi triángulo de protección mágica que corporalmente no ha servido para nada.Supongo que en las instrucciones, de tenerlas, habría puesto que era válido únicamente para rayos, truenos y centellas. Y… ¿amores de riesgo?

Ahora que pienso en lo del piercing, me doy cuenta que queda un poso de tristeza absurda en los regalos que no se llegan a dar.

A lo largo de nuestra vida nos entrelazamos con un sinfín de seres humanos que en un momento u otro mantienen o cruzan nuestro camino. Son nuestras propias manos las que cosen el hilo que los convierte en amigos, compañeros, amantes… Nuestras manos las que levantarán vínculos o los tirarán abajo para siempre. Y por fuerte que pueda llegar a ser la atracción, por mucho peso específico que puedan llegar a tener los recuerdos, siempre habrá un punto de retorno en el que puedas volver a ser el mismo que eras. Un camino de regreso que te permita recuperar tu voluntad y tu control, tal y como los conocías antes.

Y sin embargo…a veces, de entre un millón de personas, cruzas con una a la que te une la irrevocabilidad de lo absoluto. Como si ese hilo lo hubieran cosido por ti incluso mucho antes de que adquirieras conciencia. Incluso mucho antes de que fueras persona y tuvieras un destino como tal.

Y todo a su alrededor se hace de luz.

Judías verdes. Un donut. Por ahora todo en el estómago.

He oído 25 veces seguidas Ojalá de Silvio Rodríguez. Me pierdo en ella. Es mi canción. Las primeras 14 veces ha sonado en el portátil. En la décimoquinta, M. ha entrado en mi cuarto y ha puesto su expresión de preocupado por mi estabilidad mental. Yo he correspondido con la mía de que todo va bien y le he ignorado poniéndome el ipod para poder escuchar la canción otras 10 veces más, con tranquilidad y sin interrupciones. Cada vez perfecciono más mi mirada de que todo va bien. He tardado doce años en conseguirlo, pero creo que ya soy un actor digno de oscar en el mundo de las emociones contenidas y del “estoy-tranqui-estoy bien”. Tampoco es malo que M. me sorprenda en alguna actitud obsesivo-compulsiva. Servirá para cuando le llame el psicólogo a confirmar mi baja laboral y decirle que no acudo a las citas de grupo. Y servirá también para que me deje un hueco de silencio. A nadie le apetece tener que leerle la cartilla a un desequilibrado.

Una lata de atún. Lacasitos. Una cocacola. He vomitado una vez.

Dos cigarrillos de hachís con tabaco. No me apasiona el sabor pero menos da una piedra. Antes no quería fumar tabaco porque tenía miedo de las adicciones. Estaba seguro de que las llevaba en mi carga genética y que en cualquier momento caería en alguna. En realidad mi carga genética es una mierda. Lo único bueno de lo que tengo constancia es de mi nonna Agra y físicamente no me parezco mucho a ella. Soy más bien la mitad de mi padre y la mitad de mi madre. La mitad de un sidoso yonki alcohólico y la mitad de una puta esquizofrénica suicida. Eso me convertiría en un chapero yonki sucida, así que no sé por qué ahora todos a mi alrededor se extrañan tanto. De hecho, ya tengo pensado un epitafio perfecto: “No fui yo, que fue la genética.”