Te ríes pero sabes que tengo razón

Sólo puedo pensar en sexo duro. Siempre me pasa igual. Hablamos, nos reímos, nos relajamos, yo digo que tengo que irme a clase, me levanto, me dejo agarrar a mitad de pasillo… paradita… abracito ñoño… besito cursi… bueno-me-voy… besito menos cursi… besito desvergonzado total… besito vas-a-ir-al-infierno… tocadita de culo… no-en-serio-me-voy… más tocadita… más infierno… tio-que-es-tarde… más lengua deslenguada… jo-mierda-jo… frota-frota de paquete… infierno total hasta el final de mis días…

Apuntes en el pasillo… sexo duro… fotocopias… sexo duro… conversación sobre las filosofías económicas… sexo duro… traguito en la fuente… sexo duro… clase de Historia del Pensamiento… sexo duro… profesor que cuenta un chiste sobre gatos… sexo duro… San Agustín de Hipona… sexo duro… chica que me ofrece compartir un sandwich… sexo duro… chico que me dice que estoy alelao… sexo duro…

Sexo duro… sexo duro… sexo duro…

Necesito algo. Bromuro. Vivir con J. Una lobotomía.

Esto iba con viñeta pero se ha roto el scanner

Hoy ha sido el entierro de mi compañera. La verdad es que últimamente las entradas de este blog son una purita juerga.

Hacía un frío del carajo en Tres Cantos. Quince grados menos que anteayer y con un sirimiri que te calaba hasta los huesos. Como llevaba una camisetilla pedorra, todo el tiempo se me caían los mocos y me castañeteaban los dientes. Cuando ha terminado la ceremonia, se me ha acercado la Jefa de Personal y me ha hecho un frufrús de espalda diciendo «pobrecillo… has pasado un mal rato ¿verdad?». No he tenido valor para decirle que mis moqueos y mis movimientos de kleenex no habían sido pena, sino una simple congelación de culo. Por el contrario, he bajado la cabeza y he dicho «buf… sí…» y he quedado como un señor. Embustero, hipócrita, oportunista… pero señor.

Está sonando Somebody to love en el itunes. Me encanta esa canción. Me trae a la memoria a J. bailándola con cara de lebowsky, el primer día que nos conocimos. O el segundo. O… ¿el tercero?

Un día de estos voy a tener que organizar también los diarios presentes, si no quiero terminar mis días al estilo Rose Nylund. Si no me diera por documentar hasta los pedos… sería muuuucho más fácil.

No he logrado dormir bien hoy. Me despertó un pip-pip-pip a eso de las tres de la madrugada. Y después volvió a despertarme a eso de las cuatro. Y luego, una tercera vez a las cinco menos cuarto. A las cinco, ya había repasado mentalmente todo lo que podía pitar en mi casa de forma espontánea (o sea, el microondas y ya) y había empezado a mosquearme seriamente, ante una posible invasión alienígena o una bomba de neutrones a punto de estallar en la terraza (que es bien sabido que de noche, en calzoncillos y con legañas, todo es posible), así que sobre las cinco y diez, estaba yo recorriendo el pasillo agarrado a un bate de baseball, en busca de un pipipí perdido, que aparecía y desaparecía como por arte del demoño.

Afortunadamente, no me ha durado mucho la angustia. Lo justo para encender la luz y descubrir a Juana Tequila con su santo culazo descansando tranquilamente encima del cuadro de mandos de la bicicleta elíptica y programando las calorías y el cronómetro pip-pip-pip con la nalga izquierda, hasta el infinito y más allá.
Bueno… Mucho mejor una gata porculera que una invasión de alienígenas. Sobre todo porque de lo segundo no hubiera podido librarme con un simple lanzamiento de chancleta flicfloc y un mecagoentucalavera, claro.

De verdad que no entiendo a esta gata. Un pedo de mosca hace que brinque como una pulga, pero luego está sentada con todo su chochazo encima de un pitido chillón e irritante, y ni se inmuta. Es más… hasta descabeza un sueñecito.

El universo gatuno cada día me es un poco más insondable.

Y esto es un ya casi me reconozco

«Sentados en corro, merendábamos besos y porros,
y las horas pasaban deprisa, entre el humo y la risa…«

Hay canciones que parecen escritas única y exclusivamente para nosotros.

Esta noche vuelven a poner Pearl Harbor. Es increíble las veces que pueden llegar a repetir las pelis basura. Cuando estrenaron Pearl Harbor en el cine, fui a verla con Teo. Nos dieron pases gratuitos no me acuerdo dónde. Me aburrí como un calamar. Creo que fue una de las primeras películas dónde me eché una cabezadita entre bomba y cañonazo. Lo único que recuerdo son las camisetas de tirantes del Hartnett, y los labios rojos de la Beckinsale.

Y los codazos de Teo despertándome del apedorramiento con sus: «¡qué peliculón tío, qué peliculón!»

Hoy se ha muerto una de mis compañeras de trabajo. Le diagnosticaron leucemia hace un año. He ido al tanatorio y he dado muchos besos y estrechado muchas manos a personas que nisiquiera conocía. Todas mis compañeras lloraban y mis compañeros decían que no somos nadie. Ha sido una sensación extraña volver a un tanatorio. Como hacer un de oca a oca y tiro porque me toca. Cuando hemos vuelto a la oficina alguien había dejado una rosa blanca con lacito y celofán, sobre la pantalla del ordenador de mi compañera muerta. Yo he dicho que me parecía una horterada y todos han puesto cara de «Serlik es un canalla que no tiene corazón.»
En el trabajo siempre se me olvida lo de no pensar en voz alta.

Cuando he llamado a Jesús le he dicho «oye, el tanatorio de Tres Cantos mola mucho más que dónde llevamos a Teo. Cuando te mueras, te llevo al de Tres Cantos.» Él ha respondido: «Ah, qué bien. Muchas gracias, Ariel, qué ilusión. Por fin podré ir a Tres Cantos…» Casi echo la cocacola por la nariz. También se me olvida lo no pensar en voz alta con Jesús, sólo que él no pone cara de Serlik es un canalla, sino más bien de a Serlik le falta un hervor, pero ya me voy acostumbrando.

Esto se llama… asomar la nariz al ostracismo

Le escribía a María que le echo de menos, como en puñaladas cortas. Es cierto. Justamente eso; puñaladas cortas. Vienen… desangran… y se van. Supongo que me tomé un intermedio de escritura porque no quería entrar en ñoñeces, ni desgarrarme la camisa como una plañidera venida a menos. Al fín y al cabo todos morimos y porque todavía no nos haya tocado a nosotros, no quiere decir que estemos en ningún tipo de «dimensión» distinta y a salvo.

Pero todos esos pensamientos tan racionales no siempre me libran de la sensación devastadora de no volver a verle.

Hace semanas, fuí a comer a un restaurante japonés con Jesús, y armé la de dios. Se me volcó el cuenco de sopa miso y se me soltaron nosecuantos trozos de sashimi de los palillos, con su consiguiente splochts dentro de la soja. Para cuando llegamos al sake, su lado del mantel estaba impecable y el mío era un zuriburrio cochino, lleno de salpicaduras, manchas, sopa miso, trozos de tofu y nosecuantas cosas más. Talmente como si en esa mesa hubieran comido la reina de Inglaterra y Eduardo Manostijeras. Le pedí a Jesús que sacara una foto con el móvil para luego colgarla en el blog, pero la inmortalización del momento aún sigue dentro de su nokia. Las cosas de Jesús suelen quedarse siempre en el mismo sitio y de la misma forma. Él reniega de ese don suyo de inmovilidad permanente, pero a mí me gusta. De alguna forma me hace sentir seguro. Debe ser que en el fondo, de alguna forma, también me considero parte de sus cosas.

Sea como fuere, él se rió mucho con mi torpeza japonesa. Dijo que donde se tenía que poner sólo una pizca de soja, yo hacía minipiscinas donde el sashimi se podía lanzar con doble arabesco y hasta bucear. También dijo eso de que tengo tendencia a los accidentes. Dice eso muchas veces. Cuando lo dice quitándome las tijeras o algún cuchillo de la mano, me parece cantidad de tierno.

Jesús me ata un poco los pies al suelo. Creo que por eso ha sido la única persona con la que he llorado y perdido los papeles en todas estas últimas semanas. Me gustaría poder darle las gracias, pero soy tan torpe haciendo eso que, de todas formas… no creo ni que llegara a entenderlo.

Esto se llama salir de un estado semicomatoso

Aunque nisiquiera puedo decir que lo haga en pleno uso de facultades…

Estoy absurdo. No hay nada que me pueda definir mejor. Tengo ciática, hinchazón de ojos, llagas en la boca, dolor de encías, sueño a todas horas, la líbido por los suelos y un permanente dolorcillo de cabeza que no me deja ni pensar. Se lo he contado a mi médico de cabecera (todo menos lo de la líbido baja, que me lo llevo a la tumba como buen machote absurdo) y me ha dicho que no es más que stress postraumático por los días de mierda que he pasado. O que sigo pasando, hasta que terminemos este maremagnum de papeles, notarios, certificados, bancos, y pollas en vinagre.

Es curioso que morirse sea tan complicado para los que se quedan. Curioso y bastante idiota. Mejor no tener nada de nada y que te coman los buitres. Mejor para ti, mejor para los demás, mejor para todos. Cuando uno deja más de cuatro perras en una cuenta bancaria, es increíble la que se monta.

Voy a quedarme con el coche rojo de Teo. En plan deja vù, diré que me está bien empleado por bocachancla. Aún así, lo miro y no me parece mío. Espero darle pronto algún malvivir que lo raye, lo abolle o le haga ir al bies en las curvas. Cualquier cosa de esas que serían normales conmigo. Mientras siga siendo bonito, rojo, brillante y limpio, será todo, menos mi coche.

Tengo que ir siete días de julio a la playa a ver las competiciones de natación de Ana. Malditas las ganas que tengo, pero se lo prometí y una promesa siempre es una promesa. Me tocará compartir hotel con Miguel (lo cual no está tan mal) y con su novia (lo cual es un infierno). Siete días aguantándola. Siete días escuchando chuminadas del tipo «no soy racista, lo que pasa es que los negros huelen mal…» y similares. Siete días. Siete. No sé cómo podrá acabar todo. Probablemente terminemos ahogándonos el uno al otro en la piscina. Bueno… al menos ella. Yo tendré que volver a ser machote absurdo y recordar que a una mujer no se la escabecha, incluso a pesar de que esa mujer sea ella, y los dioses la hayan puesto en el mundo para terminar con la poca resistencia mental que ya me queda.
Ayer nos hizo un desfile de bikinis para que eligiéramos cuál le quedaba mejor. Miguel batía palmas entusiasmado. Yo decía «uy, sí…. precioso, precioso…» sin apartar siquiera los ojos de la televisión. Miguel no comprende esa actitud por mi parte. La verdad es que no tiene mucha lógica porque, independientemente de que sea perfectamente asesinable, físicamente es una chica preciosa y espectacular.

Espectacular, preciosa y asesinable. Estoy seguro de que debe de tratarse de algún tipo de compensación cósmica.