Me regaló la estrella del caos para que me protegiera

Veamos…

El martes pasado yo estaba más bien solo, más bien triste y más bien preocupado por cómo iba a poder cubrir gastos durante los próximos meses.

Hoy lunes, tengo a J. conmigo, besos y mimo hasta en los bolsillos, y un boleto de euromillón premiado con seis mil setecientos euros.

Y llevo mirándome todo el puto día en el espejo del baño, agarrado al amuleto que él me regaló y que nunca quito de mi cuello, porque aún no puedo creerme que yo siga siendo yo, que este mundo siga siendo el mío y que… todo esto… sea…

…¿real?

Más tonterías, pero estas para mí

Llevo 24 horas de un apollardamiento absoluto. 24 horas luciendo esa media sonrisilla permanente que sólo te deja un buen beso o una embolia cerebral. Así ando. O…. así floto. Leo al Ariel de ayer y me río un poco de mí mismo. Joder, qué subidón…Hace un rato le decía a Teo que lo malo de la certeza absoluta en cuestión de amores es precisamente el absolutismo de esa certeza. El no tener escapatoria posible y encima no desearla. El volverte pulgarcito metido para siempre en el bolsillo del pantalón de alguien. Darte cuenta de eso acojona que no veas, y sin embargo… por favor… yo quiero morirme de unas cuantas sensaciones de estas ¿eh? Unos cuantos cincos de febrero metidos en vena. Así… a mogollón.

Aunque… claro… mejor excluyendo lo de volcarle el café sobre los papeles de trabajo… lo de tirarle el bourbon sobre la mesa… lo de desollarme el dedo gordo con el cactus… lo de mancharle el parquet de ginebra… lo de tropezar veinte veces con las borriquetas… lo del ataque de tos con el porro… lo de equivocarme de portal… lo de tener que recolocarme la churra cada cinco minutos con gesto de camionero…

Vale, lo reconozco. Es un jodido milagro que a estas alturas aún me quiera a su lado. Mejor ni lo pienso.

He llevado a Ana a patinar sobre hielo. Se supone que tenía que enseñarla a manejarse un poco con los patines, pero no hemos dado pie con bola. Los típicos pedorros que patinan hacia atrás y giran en arabescos imposibles a tu lado, mientras tú te agarras a la valla hasta con los dientes, nos han dado por saco durante las veinte vueltas. Ana perdía constantemente el equilibrio e intentaba ayudarse de mí. Y yo, con mi sonrisa embólica, no hacía más que pensar en besos, así que los patines, el hielo, los pedorros y la pobre Ana cayéndose me la refanfinflaban de una manera absoluta.

También es un milagro que ninguno de los dos hayamos terminado tallando el hielo con el tabique nasal.

Tontería de amor para que sólo la lea Jesús

¿Y qué puedo decirte hoy? tus besos… joder… no hay nada más. Nada más. Sólo tu olor en mi cuello, en mis manos, en mi ropa. Y tus besos. No como los imaginaba, no… no… Mucho mejores. Mucho, mucho, mucho mejores. Como los besos a los que estuviera predestinado desde antes de nacer. Como los primeros que me dieran. Como los últimos que me darán.
Intento pensar con coherencia, pero no me sale. Intento ser sensato y poner cara indeferente mientras digo «bueno, no ha estado mal…» pero… sólo pienso en tus dedos, en tus manos, en los labios, en los besos, en la lengua, en tu olor… y… joder, nisiquiera puedo ser yo. De verdad. No sé dónde me he quedado. Creo que hecho trocitos, encima de tu sofá. En el suelo de tu salón. En la baranda de tu terraza. En tu silla de despacho. En el centro de tu colchón.

Te quiero. Siempre te querré.

Nunca hubo nadie como tú. Te lo dije y no me creías, pero era verdad. Siempre te he pertenecido. Desde el primer puto día que te conocí. El resto del mundo, allá donde no estés tú, siempre será un simulacro, Jesús. Siempre. Siempre.

No sé si voy a pegar ojo esta noche. Me faltas. Lo sabes ¿no? cada segundo me faltas. Los besos. Esos besos. Me faltan. Chungo lo de dármelos a probar ¿eh? buf… ahora… ya no me apetece vivir sin ellos.

Hoy no me centro

Pepe Tripi anda loco por comerse mi barra de proteínas, y yo ando loco porque no se la coma. Mientras escribo esto, mantengo una especie de batalla de esgrima, barrita en mano, mientras sus 20 kilos de panza trepan por mi espalda con aviesas intenciones robagolosinas. Los gatos normales del mundo mundial comen atún y jamón york. Los míos no. Los míos quieren café con leche y barritas de proteínas. Hay que joderse…

Estoy nervioso porque mañana me fumaré un peta a oscuras con J. en su casa, y beberemos Jack Daniels. No sé distinguir si me pone más nervioso el Jack Daniels, el peta, el J. a oscuras o la combinación de las tres cosas fundidas en una.

Creo que será difícil que vuelva a estar tan cerca de la muerte por ataque de felicidad idiota y absoluta.

Esta para María

Teo dice que se hace un lío entre los diarios que escribo ahora y los que transcribo de cuando era niño. Dice que debería poner fechas o algún párrafo que avisara, en plan «ojo que esto es pasado… ojo que esto es presente….» Yo le digo que para eso los pongo en dos colores, y él me dice que lo de las fechas es mejor idea, porque el gris no se distingue en blogger.
Tiene razón, claro, pero el problema es que mis diarios no tienen fecha. Todas las entradas desde hace diez años están fechadas con el día de la semana. Lunes: blablabla… Jueves: blablabla… sábado: blablabla y claro, así es complicado lo de organizarlos. Soy caótico, lo sé. Lo he sido siempre. Cuando hablo de mis diarios, uno se imagina una colección de libritos con tapas de piel y atados con una cintita cursi, pero no… en realidad son un puñado de papelotes amarillos, unos encima de otros y a mogollón, metidos en cajas de zapatos. Algunos no son ni cuadernos, sino simples grupos de hojas sueltas pilladas con una grapa.

Qué voy a hacerle. Era pequeño. Era pobre. Era un puto desastre, como ahora.

Bueno, hoy sigo con los diarios antiguos. A J. no le hará gracia que vuelva a escribirlos, así que pasado mañana tendré que ponerle mi cara de niño de comunión. Y él se reirá y me dirá «pero… será posible…»

No importa. Tengo que continuarlos. Se lo prometí a María.