Estoy haciendo tiempo para que empiece House

Mientras escribo esto me hago mucho, mucho, mucho pis. Y aquí estoy. En plan masoquista o en plan padre estricto: «Hasta que no termines el post, no meas. Y es mi última palabra.»

Estela me dijo que era la luna. Claro. La luna llena no le va nada bien a los que nacemos en Julio. Somos licántropos emocionales. Hoy he nadado cuatro largos de piscina antes de desayunar y me siento mucho, mucho mejor. Creo que he perdido las tonterías por entre el cloro y el speedo.

También estoy mejor porque J. y yo vimos anoche la última peli de los hermanos Cohen, con tequila, marihuana, palomitas con chocolate y nachos con queso. Armamos un buen batiburrillo entre el sofá del norte y el sofá del sur. No me había dado cuenta de lo mucho que encochino cuando como en el suelo. No entendimos muy bien la película pero nos reímos mucho.
J. y yo siempre nos reímos mucho. Y si no tenemos motivos, nos los inventamos sin ningún problema.

Cuando salí de su casa, el viento me volaba en cada cruce de calle, pero igualmente le llamé para darle las gracias por la peli y decirle que le quería. Siempre hago esas chorradas. Creo que si alguien lo hiciera conmigo algún día me sorprendería mucho, mucho.

Le he dicho a Ana que había estado viendo películas con mi pareja. Me ha sonado cantidad de raro decirlo. La lengua se me ha atascado un poco en la j. Como si no estuviese lo suficientemente entrenada como para soltarlo con naturalidad. Pareja. Pa-re-ja. Parejjjjjjj…a.

Tengo pareja. Qué cosas… Ya no puedo decir que no tengo nada. Con mis gatos hacen tres. Con el suyo hacemos cinco.

Ya soy familia numerosa.

Malos tiempos para la lírica

Tontería absoluta la que tengo estos días. Lágrimas sin ton ni son. Me salpico de barro y lloro. Me olvido los apuntes en casa y lloro. Alguien mata a un perro a 5000 kilómetros de aquí y lloro. Kilos de tristeza injustificada y un pobre J. preguntándose todo el tiempo «¿qué te pasa? ¿qué he dicho? ¿qué he hecho?».
No puedo evitar pensar en mi madre y en sus ataques de melancolía. No puedo evitar pensar en que quizá yo también me esté volviendo un pirado, como ella. Ojalá estuviera vivo alguien que la conociera y que pudiera decirme «tranquilo, chaval, esto no tiene nada que ver, a ti no te va a pasar lo mismo…»
Lo único que me consuela es pensar que ella no era consciente de su locura, ni se daba cuenta de que su tristeza no tenía motivo. Yo soy consciente de ello y todavía me controlo. Por ahora, en el autocontrol está la diferencia entre la locura y la sensatez. Pero estoy asustado, claro. Lo único que no estoy preparado para perder es la cabeza. Sin lo demás podría vivir. Sin poder pensar, no.

Creo que mi padre debe estar riéndose con ganas a mi costa, desde su tumba. Le encantaban estos terrores míos sobre la locura de mi madre. Me cogía la cara con las dos manos y decía: «la misma nariz… la misma boca… la misma sonrisa… los mismos ojos de puto pirado… ¡no te escapas, chaval!»

Antes me he sorprendido a mí mismo poniéndome dos dedos de bourbon para sacudirme la melancolía. Me he autoinsultado un rato, y luego lo he tirado por el desagüe. Está claro que si no me persiguen los genes de mi madre, desde luego, están dispuestos a hacerlo los de mi padre.

A mí no me gusta mucho ser yo

Me he vuelto a cortar el pelo. Hace exactamente un mes y diez días que me lo corté por última vez. No entiendo lo que pasa con mi cabeza. Los tios a mi alrededor se cortan el pelo cada tres meses y siempre van bien. A mí directamente me crece en el trayecto de vuelta de la peluquería a casa. En cuanto pasan dos semanas, ya parezco un perro de aguas. Es una mierda. Me dan igual las charlas que me mete J. sobre los traumas e inconvenientes de la calvicie prematura. Daría el huevo izquierdo por tener un 75% menos de pelo. O un 75% de pelo liso. Algo que se pudiera dominar con espuma y un peine, como los pelos normales del mundo mundial. Estoy convencido de que en alguna parte del interior de mi cuerpo hay apretado un botón con un letrero que dice: «No pulsar. Peligro inminente de cabezón imposible».

Ahora me miro en el espejo, debajo del peinado raro que me dejan siempre, y no me reconozco. Vuelvo a ser algo incongruente, como un monaguillo libidinoso o un rapero catequista. En cuanto ponga el punto y final a esta entrada me meteré en la ducha y me rebozaré de champús hasta que el del espejo vuelva a ser yo. Me empieza a entrar el pánico inútil de pensar que el «peinado-bellota» me dure hasta mañana y J. se descojone a mi costa en cuanto me vea. Es un experto en ese tipo de cosas. Ayer me llamó «joven Einstein» con un chorrito de risa, mientras yo intentaba colocarme las greñas dentro del gorro. Me lo he apuntado mentalmente en mi archivo histórico para matarle algún día, cuando se me pase un poco el apollardamiento sexual que tengo.

De todas formas, por si lo del champú no funcionara, creo que intentaré llevarle algo que distraiga por completo su atención de mi cabeza. No sé… unos muffins de chocolate… alguna revista de cine… un tiranosaurio rex…

Mola el nombre que me inventé para el cometa

Nos tragamos toda la gala de eurovisión. Al principio haciendo zapping en plan «si es que no ponen nada en ningún canal…» y al final mandando chistar cada vez que los gatos no nos dejaban oir las canciones. En el fondo tenemos el corazón forrado de horterada. Es inevitable, si no dispones de las cuarentamil opciones del canal plus. Te mimetizas en lo hortera, igual que un soldado de las fuerzas especiales se pinta la cara de verde.
Me flipó la canción ganadora y los pelos del que la canta. No sé por qué, pero me gustó en cuanto le ví. Me siento cantidad de identificado con su cabeza imposible. Acabo de bajármela al ipod (la canción, no la cabeza). Miguel se descojona a mi costa. Cada vez que se cruza conmigo por el pasillo me suelta el «algopequeñitoooo uouououooooo…» y hace unos pasitos de vals. En condiciones normales empezaría a tocarme las pelotas, pero como todo sigue importándome un prepucio de mono, levanto un poco la nariz y sigo mi camino. Ya me vengaré en otra ocasión. Las posibilidades de vengarse de Miguel son infinitas. Su paciencia es proporcionalmente inversa a mi imaginación para agotársela.

Estoy aprovechando que tengo dinero para sacarme el carnet de conducir. Las cuatro capas de polvo de mi vespa me han convencido. Va a ser toda una novedad eso de poder sacarla de paseo sin que haya peligro de terminar en los calabozos de Plaza Castilla. A lo mejor a partir de ahí me vuelvo un buen chico y empiezo a hacer cosas legales y decentes, como los demás buenos chicos del mundo mundial. A lo mejor empiezo a peinarme… a estudiar cuando tengo un examen… a dejar de robar conguitos en el chino… a no cruzar la lengua con hombres de mala vida en un sofá…

Acaban de decir en la radio que la alcaldía de Madrid prepara un concurso de postres caseros y un taller de costura para la celebración del día de la mujer trabajadora.

La noticia me ha cortado de cuajo el rollito chiste por lo menos hasta el 2012.

Ojalá que en el taller salga alguna que les cosa los huevos con petit point.

Vivo en un disco de canciones ñoñas

Bueno, pues él me coge la cara con las manos, me besa y me dice: «Oye… ya no escribes ¿no?.» Y yo me cortocircuito y salgo de su casa pensando «Tengo que escribir. Tengo que escribir sin falta. Hoy. Hoy escribo.» Y lo peor es que si me lo hubiera dicho cualquier otro, yo me habría encogido de hombros y habría respondido «Pues no, no escribo. No tengo tiempo, mira.» Pero… me lo dice él y ¡craj! se me aprietan las tuercas, se me colocan las pilas y hala…. p’alante.

Sigo pensando que el día que le dé por ponerse una túnica y pedirme que me autoinmole para viajar con él en la cola del cometa Spurnio a una dimensión extraterrestre, la habré cagado pero bien.

Bueno, ahora los días son distintos para mí. Distintos y cojonudos. Hago todo muy rápidamente y paso la jornada laboral mirando el reloj y esperando a que den las seis, para salir a toda velocidad hasta su casa. Por el camino compro cosas de las que le molan. Sandwiches de Rodilla con queso y pasas de oporto. Pipas de calabaza con chocolate negro. Cervezas coronita. Magdalenas. Yo le digo «¿qué quieres que te lleve?» y él responde «a ti», así que cada día, voy improvisando. Luego nos besamos en el sofá, mientras su gato Takhesi se esconde y me bufa desde algún rincón. Ya nos salen los besos de amor, porque en esta vida todo es práctica. Veinte minutos de besos. Treinta. Treinta y cinco. El tiempo de que disponga hasta tener que salir de nuevo volando hasta la facultad a suspender algún examen (cuando recobre el juicio y vea las notas, creo que no necesitaré cometas spurnios para la autoinmolación. Directamente me quemaré a lo bonzo en la cafetería, entre pinchos de tortilla y partiditas de mus). Luego vuelvo a casa y disfruto con expresión de fumeta colgao, de los rastros de su olor que quedan en el cuello de mi camiseta.

Me siento raro. Como viviendo una especie de luna de miel donde los defectos fueran… no sé… imperceptibles. O transparentes. No sé explicar la sensación. De pronto lo que era gris verde pedo se ha vuelto azul intenso. Y yo ahí enmedio. Dejándome besar y apartar el pelo de los ojos. Tumbado en un sofá y apretado entre los brazos con los que llevo soñando cinco años.

(espacio para gritito idiota de cowboy tipo woo-woo-yipi-yipi-yeyyyyy)

Bueno. Debo decir que mi azul intenso no es tan azul, ni tan intenso para el pobre gato de J. Por ahora, directamente me odia. Yo me acerco a él de buen rollito con expresión de «hey… tranquilo… soy Ariel, el amigo de los gatos… » y él me la devuelve en plan «Tú lo que eres es un gilipollas. Largo o te cruzo un huevo.»

En fínnnnnn… Da igual. ¿No he dicho que en esta vida todo es práctica?