La genialidad de mi viernes

Tres semanas desde que la novia de Miguel se instaló aquí. Tres semanas compartiendo armario y estantería de baño con Ana. Hay muchas señales que indican que vas sobrando en una casa, y desde luego, una de ellas es perder tu estantería del baño. Ya no por el efecto psicológico que conlleva, sino simplemente por la cuestión logística. Alguien que se levanta con los ojos pegados, como un servidor, y que no empieza a ser persona hasta el segundo colacao, corre serios riesgos si hay una niña de quince años cambiando cosas de sitio, en su estante compartido.
Por ejemplo, pensar que se está duchando con gel de machote cuando en realidad acaba de perfumarse con jazmín blanco como una vulgar mariquita de discobar.
Por ejemplo, creer que acaba de untarse con una loción de esas de anuncio de pectorales marcados y muchas chicas, cuando en realidad, lo ha hecho con una de muchas chicas y punto.
Por ejemplo, creer que se está poniendo su chaqueta de Springfield cuando en realidad se está poniendo una trenca talla 38 de joven-ella El Corte Inglés.
Por ejemplo, en definitiva, perder entre las siete y las ocho de la mañana, el poco, poquísimo orgullo masculino que le queda a estas alturas de la vida, sin nisiquiera poder rectificar sobre sus errores gracias a que (de nuevo) cae sobre ellos 45 minutos más tarde de lo que caería cualquier otro.

Y aquí ando. Escribiendo esto, mientras apesto a jazmín, rosa salvaje y alguna cosa más cuyo nombre no quiero saber. Con la trenca joven-ella colgando de la percha de mi trabajo e intentando huir del pensamiento devastador, espantoso, aniquilador y terrible de que he logrado encajar mi cuerpo en la talla 38 de una trenca Naf-Naf.

Que sigue nevando

Que no deja de nevar. Que lleva toda la mañana. Que cada vez que miro las converse al final de mi pierna chunga, se me pone el escroto más hacia Lugo. Que todo esto es muy bonito cuando lo estás mirando desde la ventana de una cabañita de madera en Aspen, pero que no tiene ni puñetera gracia en una ciudad como Madrid, donde la infraestructura está planeada al detalle para que tengan que venir los bomberos a desincrustarte los dientes de la acera, con cada mal paso. Y no sé por qué ¿eh? a no ser que se trate de algún tipo de criba para quitarse del censo tontos, ancianos, ciegos y tullidos, no entiendo por qué. Mucha villa olímpica, mucha corazonada y mucho alcalde cortando cinta y sin embargo estamos hasta las orejas de socavones, de obras para arreglar las obras que dejaron otras obras que arreglaban las anteriores obras, de aceras en cuesta abajo con baldosa lisa, y de asfalto tatuado de pintura pisa-y-muere. ¿Y por qué soy consciente de todo eso? pues porque soy motorista, excojo y torpe. Las tres razas kamikaze de la ciudad, fundidas en un sólo hombre. La personificación de la hostia perfecta.

En estos momentos necesito algo que no tengo para salir de aquí y regresar sano y salvo a casa. No sé el qué. Las botas de Jeremias Johnson. Una rodilla de repuesto. Un superhéroe de los que vuelan y llevan paraguas.

Bueno, sí… esto último quedaría algo raro…

De lo malo y lo peor

Me regalaron tres pijamas. Uno azul, otro rojo y otro verde. Todos con dibujos imposibles. No uso pijama para dormir, pero suelo ir por la casa hecho un mamarracho, así que mis tres pijamas de dibujos imposibles no van muy desencaminados. También me regalaron una máquina para hacer palomitas y una lámpara roja de cristal. Es la típica lámpara que usas para hacer sexo. La que enciendes cuando es momento de apagar todas las demás. La he dejado en la repisa que hay sobre mi cama. A su lado, cuidadosamente, he colocado la máquina de palomitas. Viendo todo el conjunto me doy cuenta de que soy un personaje peculiar. Me he imaginado acostándome con alquien a quien le tuviera que quitar un pijama de ositos verdes, para hacerle el amor bajo una luz de puticlub, después de compartir un cuenco de palomitas en el preorgasmo. Casi me han entrado ganas de llorar. No estoy seguro de poder encajar nunca con nadie. De verdad… no lo estoy.

Le regalé a Ana el juego de diablo II lord of destruction, pero no fuí capaz de instalárselo. Windows Vista daba errores por todas partes, en todos los idiomas, menos en el mío. Al final, después de cinco horas de lucha, y alguna lágrima de impotencia, lo dejé instalado. Solo que no fuí yo. Fué un tal Alonso del servicio técnico de Blizzard. Amable, paciente y simpático donde los haya. Me pidió mi teléfono personal y me llamó directamente para ayudarme en la instalación sin que hubiera gasto por mi parte. En algún momento tuve la extraña sensación de que me estaba ligando. Se me disparó la alarma de las situaciones absurdas, y le dije que ese era el número de mi padre. Él frenó el cortejo en seco. No sé por qué le dije esa gilipollez. De hecho…hubiera bastado con explicarle lo del pijama verde, la lámpara roja y las palomitas.

Me siento feo, pequeño, ridículo e inútil. No tendría que haberme levantado hoy. A la mierda la monarquía.

Noche de magia y Tanagel

Llevo todo el día de hoy con el estómago hecho un higo. Como si en mi bajo vientre se estuviera librando la guerra de los cien años. Es el castigo de mi kharma chungo, por haberme choteado del becario y su barabumben. Bueno… el kharma chungo y quizá los seis trozos de roscón con nata que me zampé anoche, después de soltar mi famosa frase de todos los años: «A mí es que con nata me empalaga mucho…»

Allá va mi carta de Reyes Magos:
1. Quiero un gato naranja.
2. Quiero una caja de responsabilidad para terminar el libro antes de que el roscón me mate.
3. Quiero a un Jota vestido sólo con vaqueros y una bolsita de marihuana entre los dientes.
4. Quiero que la marihuana sea white window y el vaquero de botones.
5. Quiero que los próximos diarios en gris no se me claven en ningún sitio.
6. Quiero un minidarvader de cuerda que he visto en una tienda de chorradas para subnormales como yo.
7. Quiero ocho horas de sexo con Asia Argento (total… por pedir…).
8. Quiero que María se emborrache conmigo y brinde por Los Ramones y las remolachas.
9. Quiero alcanzar la inmortalidad a base de no morirme, como Woody Allen.
10. Quiero que me pongan al Teo como estaba antes. Con su mala hostia, su ketejodan y sus doc martens.

Bueno, y ahora me voy a comer roscón. Pero poquito, que a mí con nata me empalaga mucho.

Se va por la barranquilla

Mañana termina el becario. Dice que me echará de menos. Tiene que ser mentira, porque a su lado he sido lo más parecido a un perchero en cuanto a simpatía y conversación. No he tenido posibilidades de más. Es, con diferencia, el ser humano más corto que he conocido en toda mi vida. Todo este tiempo se ha limitado a contarme historias y yo a asentir con la cabeza. En realidad, nunca entiendo lo que me cuenta, porque no separa las sílabas, no pronuncia las eles, ni las eses, y no hace pausas en las frases. Sus conversaciones son como interminables mantras satánicos separados por veinte o treinta «¿mentiéndeh?» intercalados.
O sea, que mientras él cree que me explica lo genial que es Spanish Movie, yo escucho: arobumben-mentiéndeh-bibobomdon-mentiéndeh, todo ello acompañado por un extraño balanceo de brazos a derecha e izquierda, como el que hacen los niños y los chimpancés.
Y al principio me molestaba en preguntar y decirle «perdona, no te he entendido…» pero después de escuchar tres veces de nuevo el arobumben-mentiéndeh-bibobomdon-mentiéndeh, ya terminé optando por sonreír y decir «aaah… claro, claro…» y seguir a lo mío. Y esa ha sido la historia de nuestra comunicación durante todos estos meses. De arombumben a bibodomdon, pasando por mentiéndeh.

No entiendo por qué no sabe hablar. Tiene dos años menos que yo. Vale que no tiene por qué gustarle leer ni tiene por qué tener vocabulario pero… ¿y los padres? ¿y los profesores? ¿y los realitys de telecinco? ¿y los colegas de polígono? ¿es que nunca le han hablado de forma normal y entendible de la de toda la vida? ¿nadie le enseñó a respirar entre palabra y palabra? ¿toda una infancia llena de arobumbens y bibobomdons?

Si de verdad son bienaventurados los pobres de espíritu, aquí mi becario tiene que tener una Santísima Trinidad en cada huevo. Como poco.