Menos fiebre y más frío. He tenido que levantarme dos veces esta noche para echarme colchas por encima. Nunca he estado tan cerca de mimetizarme en un sanjacobo frudesa.
Afortunadamente, anoche J. no me atravesó el pecho con ninguna aguja de hacer punto. Sólo se limitó a ser un vampiro, en una casa llena de zombies, dispuesto a salvarme la vida. Quizá debería limitarme la televisión a según qué horas. No entiendo por qué demonios no puedo soñar que me caigo por una escalera como todo el mundo.
Se supone que hoy tenía que escribir sobre madres orangután que sienten y padecen como las madres humanas pero… tengo uno de esos días idiotas tipo “nadie me quiere” que a todos nos toca vivir en algún que otro momento y… bueno, hasta que no se me pase, lo cierto es que nisiquiera tengo ganas de leerme a mí mismo. Mañana será otro día.

Raro y espeso desde ayer. Me peleé con casi todo el mundo y tuve sueños terribles en los que J. me atravesaba el pecho con una aguja de hacer punto en un extraño y desasosegante rito sexual. Cuando desperté, me tiritaban hasta las uñas. Aún así, fui a trabajar esta mañana. He durado en mi puesto exactamente dos horas. Las justas hasta que ha venido el médico y he bajado a pedirle algún medicamento para el dolor de estómago. Al tomarme la temperatura he dado 39.5. Me ha mandado a casa ipso facto, manteniendo una respetuosa distancia mientras extendía el parte de salida. Creo que si hubiera podido sacarme de allí empujándome con un palito, lo hubiera hecho. Cuanta paranoia… Me parece que todos estaríamos más tranquilos si dejáramos de creernos las chorradas que leemos a diario en las portadas de los periódicos gratuitos.

Y aquí estoy. Febril y pocho. Laxo y pedorro. Con dos gatos por montera, a los que les importa más dormir en caliente y blando, que contagiarse de virus A.

Vale… blando no soy. Pero caliente… ahora mismo… una jartá.

Dice Desmond Morris que hay un claro componente antropológico a la hora de elegir nuestras mascotas. Que todos aquellos que se decantan por los perros suelen ser personas que aceptan y se someten sin problema a las jerarquías, necesitando del grupo para poder subsistir, mientras que los amantes de los gatos son por naturaleza, personas más fuertes, independientes, individualistas y un pelín anárquicos.
Ahora cada vez que M. vuelva a hacerme comentarios lastimeros sobre mi sillón nuevo, me justificaré diciendo “Lo siento, pero es que me gustan los gatos.”

No creo que haya nada más anárquico que ese sillón. Mola todo. Cuando me pongo a ver la tele, parezco un fraguel subido en el lomo de una fanta de litro y medio.

Ya he comprado mi sillón. Naranja con flores rojas. Hortera. Horterísima. Superlativamente hortera. Lo he colocado en el centro del salón de M., justo al lado de su equilibrado sofá en tonos crudos, y su elegante sillón beige claro. Encima de su sobria alfombra de fibra de coco y haciendo esquina con su comedida mesita rústica donde descansan alineados por orden de tamaño, los mandos de la tele. Ahí. Justo ahí, en el centro de todo ese equilibrio de elegancia, clase y buen gusto, he plantificado mi sillón naranja con flores rojas. Cuando M. lo ha visto, le ha faltado poco para el shock hepático. Supongo que cuando me dió permiso para añadirlo a su salón, pensaba que iba a comprar otro como el que se me rompió, de esos pequeñitos de ikea supersueco-blanco-soso.

A lo mejor debí advertirle de mi tendencia a decorar los chismes de manera antagónica a mi estado de ánimo.

Estoy agotado. Arrastro los pies a base de cafeína. Hoy han sido dos cafés de máquina, uno de cafetería y una cocacola. Y sin embargo, a las cuatro ya dormitaba encima del teclado del mac. Es como si de pronto mi cadena de adn llevara eslabones de ancla.

Mi arándano becario ha solicitado ampliar su periodo de prácticas tres meses más. Es la primera vez en la historia de los becarios del departamento que alguien quiere seguir siendo becario en el departamento, así que todo el mundo anda bastante extrañado con la noticia y me miran como diciendo “a saber lo que le estará enseñando el melenudo drogadicto este…”.
El jefe me ha llamado al despacho para comunicarme la noticia y felicitarme por el éxito de mi gestión como maestro jedi de arándanos en prácticas. Cuando le ha preguntado al chico que por qué quería seguir tres meses más, ha dicho que estaba “aprendiendo mucho conmigo”. Le he observado con atención para ver si ponía cara de cachondeíto pero… nada. Lo ha dicho imperturbable y sin que se le despeinara el cuello del lacoste.

Si no quiero tenerle a mi vera hasta el próximo año nuevo chino, más me vale empezar a enseñarle algo que no tenga que ver con pezones en 3D o Yodas de papiroflexia. Como por ejemplo… a trabajar.