Un cuenco de arroz precocinado. Vomitado por asqueroso, no por náusea.

Hablando con A. recordé Jimpomuk y estuve echando un vistazo. Escuché alguno de nuestros podcast. En todos salgo riéndome como una hiena. Era incontrolable, hacía que me riera de todo y por todo. Para mí él siempre ha sido como un cogollo de marihuana que no se consumiera nunca.
He recordado el sonido tan sexy que hacía cuando fumaba, expulsando pequeñas dosis de humo entre los labios mientras se reía. Esa gilipollez me volvía loco. Siempre tenía deseos de mandar su cigarrillo y el podcast a tomar por culo, y comérmelo vivo en plan mantis religiosa. La líbido humana es algo complejo y fuera de toda lógica.
He intentado imitarle con el cigarrillo de hachís, pero no me sale. Más que un hombre que suelta pequeñas dosis de humo entre risas, parezco un sapo que hubieran metido en un tubo de escape. Y así vuelvo, zumba que te dale, a mi absoluta falta de sexy thing.

Cierra el pico, rodilla supurante. Hoy tampoco voy al hospital. Soy complejo y fuera de toda lógica, como la líbido humana.

Un plato de macarrones. Una galleta. Desenfrenado trajín sexual.

Me sorprendo de que ya no me apetezcan las golosinas. Bollazos, que dice él. Tampoco el helado que lleva dos semanas en el congelador. El hachís debería darme apetito, pero el tabaco me lo quita. Ahora mastico sorprendentemente despacio. Creo que me estoy paralizando, de alguna forma, como esas serpientes que ralentizan su metabolismo para soportar el desierto. Yo ralentizo el mío para soportar el dolor. A lo mejor dentro de una semana, necesito ocho horas para ponerme un calcetín. No deja de ser una mutación curiosa para alguien que era capaz de comerse una caja de donettes crunchis en tres minutos.
Donettes crunchis… Ojalá pase algo que te borre de pronto… un disparo de nieve… una luz cegadora…
La herida sigue supurando. Tres vendajes en una hora. Sería estupendo ser un vaquero de película, y poder derramar una botella de tequila encima de la rodilla mientras muerdo un palito de madera. Cualquier cosa menos ir al hospital.

Aunque para eso, puede que sí que me ayude la botella de tequila.

Patatas fritas. Trucha ahumada. Décimas de fiebre todo el día.
He vuelvo al mercado a comprar albaricoques y cerezas. Se me hace raro salir por las mañanas, es como caminar en el reverso de mi vida. Me he puesto el peto por primera vez. Mi peto siempre marcaba el final del invierno, pero esta vez no marca nada. Los vaqueros ya no me ajustan y se me resbalan por las caderas. No se me da bien enseñar los calzoncillos, porque para eso hay que ser sexy. Un hombre en el metro de Ventas me dijo una vez: “los llevas rojos con cuadraditos” y me morí de vergüenza. Hice todo el trayecto con la espalda pegada al asiento y tan rojo como mis calzoncillos de cuadraditos, mientras él gozaba mi bochorno con sonrisitas estúpidas. Eso demuestra claramente que nunca seré sexy. De hecho creo que debería llevarlos blancos de esos castos y sosos, que dejan escapar los huevos en cuanto los usas tres veces. Iría más con mi personalidad.
Creo que la herida supura otra vez. Tendré que volver al hospital para hacerme una cura. Debería agenciarme una gabardina, un sombrero y unas gafas negras para la ocasión. No me apasiona la idea de que nadie del psicogrupo “tengocancerperosoyfeliz” me vea.

Psicogrupo… suena casi a superhéroe.

Veintemil albaricoques. Indigestión en ciernes.
Hoy hubiera podido dormir, pero la pierna no me ha dejado. Siempre que me duele la pierna, pienso que mi donante de menisco está tratando de decirme algo desde el más allá. “Corre” o “levántate ya” o quizá “que sepas que no es nada divertido estar en el inframundo sin rodilla”.
Se lo dije a los del grupo de apoyo psicológico cuando aún fingía tener ganas de estar allí y se rieron mucho. No era ninguna broma, pero me esperaba que se rieran. Me pasaba siempre con ellos. Cuando hacía bromas me miraban con cara de paisaje, y cuando me ponía serio, se tronchaban. Éramos como cinco huevos y una castaña. Cada vez que Javier me decía “Tu turno, Ari. Cuéntanos lo que piensas de todo esto” yo siempre tenía que morderme la lengua para no decir: “Pues que tú eres un sobrao que va de listo, que esos cinco son unos tristes y que yo soy un gilipollas que en lugar de estar aquí, debería estar bajando porno de internet.”
Pero en vez de eso, siempre decía: “Pues… es terrible todo…” y los cinco tristes y el sobrao me daban palmaditas y decían “ya… ya… pasará… estamos contigo…”

Mientras amanecía, me he dado friegas con aceite de rosa mosqueta. Me la trajo M. No sé para qué sirve. Bueno, sé que no sirve para quitar el dolor de huesos, pero me encanta el nombre. Rosa mosqueta. Ro-sa mos-que-ta.

Pan tostado. Un plato de sopa. Fiebre de 7 a 10.

Anoche hubo tormenta de rayos, truenos y centellas. Se hizo día en la noche. Impresionante. Los demás se habían acostado, así que salí a la terraza y me puse bajo la lluvia, con la cara y los brazos vueltos hacia arriba. El pijama se me pegó al cuerpo. Resulta impresionante mirar hacia los rayos con los ojos cerrados. Cuentas 1-2-3 y piensas que el próximo te cae encima y te borra de la tierra sin sufrir. Estuve allí hasta que los gatos lloraron desde la entrada. Me pareció que los miaus sonaban a “Entra ya estúpido, y cierra la puerta. Nos estamos acojonando…”
Bueno, a las pocas posibilidades de que me cayera un rayo, añado mi triángulo corporal de protección mágica. El anillo bereber en la mano izquierda, el tatuaje chelja al final de la espalda, la piedra de mi shemir en el piercing del ombligo que ocultaba bajo la camiseta como regalo para él…
Mi triángulo de protección mágica que corporalmente no ha servido para nada.Supongo que en las instrucciones, de tenerlas, habría puesto que era válido únicamente para rayos, truenos y centellas. Y… ¿amores de riesgo?

Ahora que pienso en lo del piercing, me doy cuenta que queda un poso de tristeza absurda en los regalos que no se llegan a dar.