Salmón con una salsa extraña por encima que tenía color y consistencia de semen. Bastante asqueroso todo. Dos bocados y un puaj.

9-5 de tensión. Eso explica la pedorrez absoluta que arrastro.
Hoy tocaba proctólogo. Tengo enfermo el fémur, pero termino viendo al proctólogo. De la rodilla al culo en veinte segundos. Qué bonito es todo…
He ido convencido de que la cita era a las doce y media y una vez allí, me he encontrado con que era a las diez. Muy mío. La enfermera, con expresión de chihuahua, me ha dicho que lo ponía muy claro en el papelito que me dieron. De nada ha servido el “mire usted es que vivo muy lejos”, ni el “espero el tiempo que haga falta”, ni siquiera lo de “es la medicación que me vuelve autista”. No le ha dado la gana atenderme fuera de cita. Y claro… me olvido de protestar ante un proctólogo. Primero, porque no sirvo para esas cosas; segundo, porque ha sido culpa mía, y tercero… porque es el proctólogo. De todas las idioteces que podría hacer en mi vida, creo que la más flagrante sería ponerme chulo con un tio que tiene mi próstata en una mano, y todo un abanico de chismes quirúrgicos en la otra.

Calor, calor, calor. Mucho calor. Ojalá pudiera dormir en el frigorífico cual vulgar filete de pollo.

Guisantes y tres litros de agua. Ningún dolor. Qué cansado estoy…
El catéter se me ha descolocado mientras dormía, y esta mañana me he levantado como uno de los protagonistas de la matanza de Texas. Creo que es el cambio de colchón. Antes giraba haciendo ñugui-ñugui y ahora giro haciendo ¡fop!. A todas luces, me falta amortiguación o me sobra movimiento. Lo cierto es que me cuesta acostumbrarme a las nuevas camas tanto como me cuesta acostumbrarme a las nuevas personas. Esa combinación perfecta me convierte en el tío más nulo que ha pisado la tierra en materia de promiscuidad, de lo cual ahora mismo, no estoy seguro si me alegro o maldigo mi perra suerte.
Estoy cansado y bajo de moral. Mataría por un poco de sexo con besos. Aunque fueran diez minutos. Aunque fueran dos besos. Aunque no supiera ni de dónde me venían hasta que ya los tuviera puestos.

Ójala los vendieran en ebay, como si fueran vulgares calcetines.

Para Susana, en su cumpleaños, con todo el cariño que le puede caber a Ariel R. Serlik en su minicuerpo.

Me he terminado de cargar la puerta de casa, por abrirla con la llave torcida. M. se ha puesto estúpido y ha empezado a gritarme, así que hemos terminado casi a tortas. Con el cabreo aún bien puesto, nos hemos ido a comer al wok garden. Una velada encantadora. M. y yo dándole al sushi en silencio sepulcral, con la pobre A. haciendo de juez de pista. A la vuelta, ha puesto la moto a 140 para tocarme las pelotas, así que yo en respuesta me he agarrado a las suyas. Una especie de acuerdo tácito prepactado y sin palabras: Tú corres, yo aprieto. Lo ha entendido a la primera y sin explicaciones y riéndose por debajo del casco, ha bajado hasta 90. Llegando a Moncloa me ha dicho que si volvía a “jugar con las cosas de comer”, haría un caballito con la moto y me dejaría tirado en el asfalto. Yo le he recordado amablemente de dónde estaría agarrado mientras me caía y como, siendo así, iba a poder ponerse el escroto de gorrito para los próximos fríos invernales. Nos ha dado la risa tonta y se nos ha olvidado por qué nos habíamos enfadado, hasta que hemos llegado a casa, he vuelto a abrir mal la puerta y me la he vuelto a cargar.
Será mejor que mañana coja el metro.

Sashimi. No me duele nada. Esto es jauja.

El hombre-pelota sufre un trastorno sexual disfuncional. L. me ha llamado para contármelo y para pedirme disculpas en su nombre. También me ha dicho que ha hecho lo mismo con todas las mujeres y hombres jóvenes del grupo. Por su bien, me alegro que hayan sido sólo los jóvenes. Si lo llega a hacer con el fontanero de la segunda fila, estoy convencido que le hubiera partido todos los dientes de un sólo golpe de bota militar. Ahora me siento mal por haberme metido con el hombre-pelota. El porqué sabía lo de mi bisexualidad sigue siendo un misterio. Sospecho que soy un tema de conversación divertido para ellos, cuando no estoy (o sea, siempre). Bueno. Como no soy fontanero, ni llevo botas militares, me va a dar igual enfadarme. No creo que vaya a intimidarles a base de chistes idiotas, y eso, hoy por hoy, es la única destreza que me queda. Mejor me olvido de todo y paso página. Maravilloso lo de tener por fín un buen motivo para escaquearme de allí.

Me apetece nadar, pero me da vergüenza ir a la piscina con los dos catéteres en el pecho. Ojalá tuviera un traje de neopreno. O mejor uno de buzo. O mejor, directamente, una piscina.

Un sandwich de pollo con culpa, porque lo he robado de la máquina. Nada más. Algo revuelto y unas décimas.
No me gusta escribir sobre él. Tampoco leer sobre él. Debería ser imparcial, frío y cuasi cirujano, pero no me sale. No sé qué pasa. Perdono sistemáticamente a todo el que me hace daño. Sólo necesito unos días. A veces meses, pero siempre llega la calma y las ganas de cruzar paces, y sin embargo con él… con él… Por más que le dejo en barbecho, ahí perdido entre las hojas, un año, dos, cinco… todavía vuelven una y otra vez los mismos sentimientos que me producía entonces. No estoy muy seguro de querer seguir con esto, ni de si va a servir de algo. Vale… cambio de tercio y tararí. Lo pensaré mañana.

Tengo un abcceso de pus en la rodilla (que raro). He ido al Hospital y me han recetado un antibiótico que tiene tres pastillas y cuesta 24 euros. Si llega a tener doce, como los antibióticos normales para pobres, hubiera tenido que empeñar uno de los gatos para medicarme.
También he aprovechado para ver al psicogrupo y conocer al miembro nuevo. Parece una pelota de tenis. Pequeño, redondito, peludo y amarillo. Se ha puesto a explicarme con pelos y señales como la medicación le estaba encogiendo el pene y cómo tenía que tirar hacia atrás del pellejo prepucial, cada vez que quería echar un pis. Luego ha abierto mucho los ojos y sujetándome la muñeca ha dicho bajito: “Oye, tú follas con hombres ¿no? ¿hace un polvo este sábado? soy hetero pero da igual ¿eh? voy salido…”
En condiciones normales, me habría quedado a averiguar cómo demonios sabía el hombre-pelota lo que yo follaba o dejaba de follar, pero mi cabeza ya estaba shockeada a la altura de lo del prepucio y el pis, así que me he limitado a decir “uh…eh… no…” y a largarme a mi casa a lavarme la muñeca con vinagre y sosa caústica.

Se acabó el psicogrupo en esta vida y en las próximas cinco reencarnaciones que me toquen. Al menos mientras alguna no sea en raqueta.