Eh, fíjate… soy tan dulce como un jalapeño

Bueno, y ahora acudirás a ver lo que te digo por estos lares, supongo. A ver si también repito por escrito que te pones gilipollas y condescendiente conmigo cuando te enfadas. Pues aquí estoy. Al fín y al cabo, no tendré hoy muchas más opciones de comunicarme contigo, porque me acerque como me acerque, seguirás condescendiente, ofendido, soberbio y tratándome como a un imbécil. Mi castigo por no controlar los impulsos. Reconozco que no he nacido para pobre chico amorosamente sacrificado y primorosamente llorica (como cierto blogger que ahora me viene a la memoria…). Me basta la primera patadita para sacar los colmillos y clavarlos donde sea menester. No soporto los melindres, ni las ñoñeces, ni los pobrecitoyo-quemaloes. Nadie es objetivamente malo, ni subjetivamente bueno, y yo no quedo nada bien como protagonista de novela amorosa que sufre en silencio. Prefiero pasar mis sufrimientos clavando garras, como un aprendiz de lobezno, y hacer purgas de sangre para evitar daños mayores. Sobre todo cerebrales.

Olvidé que tenía moldes para galleta. De haberme acordado, ahora tendría un plato lleno de minimuñecos, miniestrellas, miniosos, minicorazones… un plato lleno de minihorteradas, en lugar de un plato lleno de maxiplatillos volantes. Eso sí, nos divertimos mucho haciéndolas. Terminamos con masa de galletas hasta en las orejas. Hice una foto a la bandeja recién sacada del horno. Los galletones se pegaron unos a otros y aquello quedó como una especie de bandera olímpica interplanetaria. Pero están deliciosas, en serio. Algún día, no se cual, debí levantarme sabiendo cocinar. Alguien al otro lado de matrix debió equivocarse con la programación, o algo así.

Hoy me cuesta respirar un poco. Como si el fuelle no me llegara hasta el final. Creo que sólo son nervios idiotas, pero debería habértelo dicho. Así hubieras podido decirme que era por la p**a mantequilla de los co****s.

Post macarra nº 100 con hombros de mentira

Bueno, pues hoy he ido de nuevo, tarjeta en mano, en busca de la gabardina. Y como me ha acercado Miguel en moto, le he ido diciendo por el camino «voy a comprarme la gabardina. En serio. Sin falta. Me da igual el precio. En cuanto vea una que me guste, me la llevo. Hoy NO VUELVO SIN LA GABARDINA.»

No he vuelto con la gabardina. He vuelto con una cazadora negra de motero. No me devuelve el culo perdido, como los vaqueros horteras, pero me inventa unos hombros que no tendré en mi puñetera vida. Eso sí… es perfectamente buena, bonita y barata. Y macarra. Perfectamente macarra.

Y toda esta chorrada te la cuento para ratificar lo que te decía ayer. La maldición djin de mi familia; jamás hago lo que digo que voy a hacer. Y ese es precisamente el motivo, Yissuh, por el que no quiero fijar un día concreto para meterme en tu casa a golpe de sushi. Simplemente, uno de estos días otoñales de entre semana me pondré malo en el trabajo, te avisaré por la mañana y… me quedaré a dormir. Si quieres. Si me dejas. Si te apetece revolver de nuevo un poco tu vida.

Es sano e imprescindible revolver la vida de vez en cuando. Por muy colocada que la tengas. Por muy inamovible que te parezca. Es sano e imprescindible. Y nos pone un brillo en los ojos que hace que todo merezca la pena. Hasta lo peligroso. Hasta lo arriesgado. Hasta lo angustioso. Hasta… todo.

Dicen que estoy más contento desde que te escribo

He terminado La ladrona de libros. Se lo recomendé a María cuando lo tenía recién empezado y ella lo terminó ganándome por goleada. Me dijo que había llorado mucho, y yo pensé que entonces yo también lo haría, porque María y yo sentimos en el mismo camino. Y en efecto. No había llegado al fin y ya estaba llorando. Se me ha encogido el corazón. No es nada cómodo eso de que se me encoja el corazón en el metro. Quiero disimular y hacer como que sigo leyendo, pero los ojos se me humedecen y no veo una mierda, así que lo único que puedo hacer es sacar el pañuelito como las viejecitas y sonarme los mocos con más o menos estruendo.
No me digas que en el metro nadie se fija en nadie. Es mentira. En el metro hay observadores profesionales. Se sientan o se apoyan frente a ti y te miran. De la cabeza a los pies. Y cuando te tienen ya bien mirado, pasan al siguiente. Es la distracción de las horas puntas. Mirarse los unos a los otros.

Estoy cansado porque tengo el estómago medio vacío. Es la consecuencia de haber gastado mi hora de comida en buscar la gabardina perfecta. Esto es: buena + bonita + barata, o dicho de otra forma: «la gabardina que no existe». Te juro que he recorrido La Vaguada de arriba a abajo, y nada. Si no era la solapa, eran los botones, el largo, el color, o el precio. Miguel dice que mejor que no la haya encontrado porque no hay quien me saque de los vaqueros y las converse y eso mezclado con una gabardina tres cuartos queda como de tipo chungo sin espejos en casa.

Me da igual. Quiero esa gabardina. Además, de alguna forma tendré que dar vidilla a los observadores profesionales del metro cuando no tenga un libro que echarme al kleenex.

Será que tienes alma de bolero

Ya. Ya sé que tengo que volver a los diarios. Lo he postpuesto al sábado para poder escribir por la mañana. No sé cómo afrontar todo lo que sigue sin que suene a culebrón venezolano. Tengo que darle un par de vueltas y necesito el motorcillo de la vespino a tope de gasolina. No me recuerdes que tenía que haberlo completado en septiembre. Lo sé, lo sé, lo sé… Es que, en serio, cuando digo que voy a hacer algo nunca lo hago. De hecho no debería ni estar diciendo esto. Ahora mismo un djin está flotando sobre mi cabeza con la maldición a punto y susurrándome a la oreja «te pasarás el sábado tirado en el sofá comiendo galletaaaas…»

Hoy he estrenado los vaqueros de mariquita con rayas raras. Es una pena que sean tan horteras porque me quedan como un guante y me encuentran el culo que perdí hace año y medio. Pantalones horteras mágicos. No sé bien qué hacer con ellos. Los teñiría, pero temo que las rayas resurjan bajo el negro cual atlántida y sea aún peor el remedio que la enfermedad. El chico de la cafetería me ha dicho que eran pantalones de Bisbal. Me ha hundido en la miseria, pero he disimulado como un campeón metiendo un par de risillas falsas en el colacao. Ojalá hubiera podido meterme yo entero en el colacao. Pantalones de Bisbal incluídos.

Me duele la pierna. Es la lluvia. Al andar noto un clac raro en la rodilla. Y como cogí mal el bajo de los pantalones y me dejé uno más corto que el otro, me he pasado el día bajándome la pernera derecha, así que el ruido exacto de mis movimientos hoy por el mundo ha sido: clac… frzss… clac… frzss… clac… frzss…

Soy un puto desastre. Ojalá los dioses tuvieran un lápiz de esos con goma arriba, para poder borrarme y redibujarme de nuevo. Y ya puestos con el culo donde estaba antes. Que eso no gana amores, pero oye… ayuda.

Se me ha colado un pensamiento de invierno

Hola de nuevo. Hoy quería contarte que han abierto el puesto de castañas asadas que hay junto a la boca del metro. En realidad, era eso lo que quería decirte hoy cuando te he llamado. Que ya vendían castañas.
Siempre me han gustado las castañas. En el centro de menores nos daban una paga simbólica todos los sábados y yo en invierno siempre me la gastaba en ocho castañas asadas. Porque el señor las vendía por medias docenas pero como yo le daba palique, me ponía dos más. Ocho castañas. Y como siempre se me olvidaban los guantes, me metía las dos últimas castañas, una en cada bolsillo del anorak, y las apretaba para calentarme las manos. Eran las únicas que me comía frías. Las dos de regalo.
Nunca le dije a nadie que era mentira que se me olvidaran los guantes. Que los dejaba adrede en la taquilla del portal porque me daba vergüenza que las chicas del María Inmaculada me vieran con esos guantes horrorosos de lanilla que cantaban a hospicio cosa mala. Porque lo sabían. Sólo con mirarnos los guantes y los anoraks verdes ya sabían que éramos de los de acogida y nos evitaban. No por clasismo, sino por miedo. Imagina las historias que circulaban sobre nosotros. Así que cuando íbamos a la tapia del María Inmaculada a hablar con las chicas, yo siempre me olvidaba de aquellos asquerosos guantes y me calentaba las manos a base de castañas, hasta que las palmas se me ponían negras.

Hace un par de años, llevé a Ana a la pista de patinaje de Majadahonda y tuve que alquilarle unos guantes porque se dejó los suyos en casa. Y ¿sabes qué? resultó que eran como aquellos de mi adolescencia. Igualitos. Con la misma lana gorda y áspera y las mismas hebras saliendo de las costuras. Mientras se los ponía en las manos, casi lloro. Vete tú a saber por qué. Me puso triste volver a sentirlos en los dedos. Menuda tontería ¿no?

Al final no te conté lo de las castañas porque me pareció que estabas de mal humor. Por eso, a veces escribo en lugar de hablar. Me protege del frío.