Ayer me cayó la bronca del siglo por llevar tres días con el catéter infectado. Hubo sopapo para la enfermera, sopapo para el ats, y sopapo para el paciente, que en este caso era yo. «¿Pero… cómo coño se te ocurre estar tres días con eso así sin quejarte?» me dijo el médico entre muchos aspavientos. Casi me lo pude imaginar inclinado sobre mi féretro diciendo «¿Pero… cómo coño se te ocurre morirte de una septicemia?»
Hay que joderse con el surrealismo vital que me envuelve…

Sea como fuere, encadeno rapapolvos, regañinas y enfados que me llegan desde todas las direcciones a lo largo de estas dos últimas semanas. Y avanzo entre ellos con la seguridad cada vez más absoluta de que no hay nadie en este mundo que pueda entenderme, salvo tú. Por eso siempre ando arañando tu puerta, como un chucho llorica.

Ya son tres días con dolor de cabeza. No sé si deberia preocuparme.

No me comí el chocolate, así que pude hacer la tarta sin incidencias. Deliciosa, jugosa, esponjosa… y todo lo bueno que acabe en osa. Compré dos envases de adornos horteras y los esparcí por la superficie para hacer reir a A. Escogí estrellas de azúcar amarillas, gotas de chocolate plateadas, y corazones de barquillo rosa. Cuando lo saqué a la mesa, parecía talmente el pastel de bodas de los village people. Lo cierto es que A. se rió con ganas. Tanto que terminó metiendo el pelo en la tarta en una convulsión.
Mientras la comíamos, M. dijo que debería hacer una gigante y repartirla en porciones durante el próximo desfile del orgullo. A. preguntó «¿el orgullo de qué?» y M. contestó «El orgullo de Ariel» y soltó una risita. La gracia me tocó (un poquito) las pelotas, así que le dije que yo no estaba orgulloso de nada. Él puntualizó con la boca llena de chocolate: «Me refiero al or-gu-llo-gay…» Yo volví a repetir que no estaba or-gu-llo-so-de-na-da. Él pilló mi mosqueo y se puso colorado. Su novia me miró con los ojos muy abiertos y dijo: «¿¿¿¿Eres marica????» y A. volvió a tener otra convulsión de risa y volvió a mancharse el pelo de chocolate blanco.

A veces, cuando no los quiero, los odio. Un poco. A los tres.

Creo que la próxima tarta la decoraré con dulcolaxo.

Cuando terminas de hacer el amor con una mujer, ésta siempre se arrima. Se aprieta contra ti, busca besos, provoca caricias, se acurruca contra tus rincones. Genera calor, mimo, conversación… la continuidad de la complicidad en el postorgasmo.
Cuando terminas de hacer el amor con un hombre, no hay continuidad de nada. Los dos cuerpos suelen quedar boca arriba, separados. Cada uno en su terreno. No suele haber besos, ni mimos, ni demasiado calor. Es más bien como el final de una lucha cuerpo a cuerpo. Respiraciones agitadas, quizá los dedos que se rozan, alguna mirada y poco más.

Siempre que me han preguntado si el sexo era mejor con hombres que con mujeres o viceversa, he respondido lo mismo: «Son cosas diferentes.»

Somos cosas diferentes.

Una vez conocí a una persona que me dijo que me salvaría del frío. No lo hizo.

He conocido después a personas que, por un motivo o por otro, siempre pensé que me salvarían del frío.

Nunca ha sucedido.

Sigue el dolorcillo run-run del fémur. Yo sigo mojándome la punta de los pies, saltando charcos. En alguna parte de algún armario están durmiendo mis botas, pero no recuerdo dónde. Nunca estoy preparado para los cambios repentinos. Menos mal que no tengo una profesión comprometida, como piloto de caza o bombero. Si no, mucho me temo que la mitad de los incendios me tocaría apagarlos en chancletas.

Mañana voy a hacer la «tarta de tres chocolates» para M. y A., en compensación por lo del sillón naranja. En este mismo instante, dentro de mi nevera hay tres tabletas de chocolate con leche, tres de chocolate blanco y una de chocolate negro. Mientras firmaba los papeles de las becas pensaba: chocolate en la nevera… chocolate en la nevera… chocolate en la nevera… Y mientras revisaba la lista de los libros pensaba: chocolate en la nevera… chocolate en la nevera… chocolate en la nevera… Y mientras hacía pis esquivando gatos pensaba: chocolate en la nevera… chocolate en la nevera… chocolate en la nevera…

Cuanto antes lo asuma, mejor para mi conciencia. Mañana voy a hacer la «tarta de un chocolate y medio» para M. y A., en compensación por lo del sillón naranja.