Sashimi y agua.

He ido al hospital a llorar un poco de morfina, pero no ha habido suerte. La doctora me ha explicado que el dolor es un mero reflejo cerebral que puedo controlar. Yo la he escuchado intentando poner cara de andamiratú, pero me ha salido fatal. Lo cierto es que he oído esa frasecita ochocientas veces desde que enfermé, y siempre en boca de personas a las que no les dolía nada. Bueno, bien. Entiendo que la juerga de la morfina se terminó. Nolotil y chuto. Por ser yo, un par de dosis en ampollas; el resto cápsula de andar por casa. He hecho los ejercicios de respiración que me enseñaron. Tengo que autocontrolarme. No estoy en el mejor de mis momentos anímicos e imagino que todo influye. Tampoco hay mucha felicidad alrededor, que digamos. El que no está enfadado conmigo, esta decepcionado, furioso o las tres cosas a la vez. Imposible no pasarme el día recogiéndome la autoestima de alrededor de los tobillos.

Agua. Y nada más.

Dolor desde hace dos días. Dolor que no me deja dormir. Dolor constante y dulce desde el interior del hueso. Quiero tener a alguien a quién contárselo. Quiero decirle a alguien que no soporto más el dolor y que todo esto es injusto. Que estoy cansado de que sea tan difícil tirar hacia delante, y tan fácil dejarme arrastrar hacia atrás. Quiero dar un puñetazo en la mesa y llorar y autocompaderme, como hacen todos a mi alrededor. Quiero dejar de hacerme el fuerte, y el gracioso y hundirme, como el resto del mundo, en mi propia mierda.

Pues no me acuerdo. Un poco de algo porque llevo todo el día con dolores que no me dejan pensar mucho.

Bueno. Hoy menos comeduras de tarro y más dolor. Mañana habrá lluvia de perseidas. Me gustaría tener a alguien que me subiera al Puerto de Navacerrada a verlas. Por más que he tirado noches de agosto en pos de las perseidas, jamás he visto una. Nunca. Pienso que según la ley cósmica de la compensación, este año debería verlas caer a cientos sobre mis narices, para hacerme un rosario de deseos por cumplir. El primero sería la pierna. El segundo el libro. El tercero mi economía. El cuarto…
Vale. Es mentira. El primero serías tú. El segundo, tú. El tercero, tú. El cuarto, tú. Y a partir de ahí podríamos ir aplicando la misma regla desde el quinto hasta el infinito. No sé si pillas el concepto… Ah, no… calla… Olvidaba que no me lees.

Macarrones y ensalada de mar, que no tenía nada de ensalada, ni de mar. Sin dolores, ni parches. Aleluya.
No me gusta escribir esto. Hoy no encuentro la diferencia entre catarsis y autocompasión, y me vuelven las dudas. Quizá debería terminar aquí. O dar al botón del pause y dejar la imagen congelada unas cuantas semanas.
Sabía que me ocurriría al llegar a este punto. Una mierda esto de conocerme tanto y tan bien…

Tengo que pensar en ello.

Arroz con pollo. Un melocotón. Vino blanco. Demasiado vino blanco.

He vuelto a tener otro tirón en la ingle. El dolor es terrible, me corta la respiración. Hasta mañana no podrá verme el fisioterapeuta. Por teléfono me ha dicho que probablemente tenga un tendón montado que se contrae con determinados movimientos de la pierna. Así que así estamos. Mi ingle y yo. Como dos cowboys del far west, mirándonos frente a frente y esperando a ver quién dispara primero.
M. se ha ofrecido a darme un masaje en la zona con radiosalil, y yo lo he rechazado amablemente diciendo que ya no me dolía tanto. Mentira cochina, me duele más. La cruda realidad es que me da vergüenza que M. me toque tan cerca de los huevos. Se lo he dicho a A. y ella se ha reído mucho. Me ha recordado que hace apenas una semana estaba agarrando los suyos en la moto. Yo le he dicho que no era lo mismo. Que aquello eran cuestiones de guerra y la masculinidad estaba a salvo (al menos la mía). Ella ha suspirado y ha dicho que entre las chicas no existían esas chorradas y que en su clase, incluso se ayudaban a ponerse el támpax las unas a las otras.

Tengo que apuntarme a tener más conversaciones con A. Es todo un pozo de sabiduría teen.