Me acordé de los moldes de galleta

Es lo que he hecho mientras dormías (¿dormías?).

También me he hecho la foto del culo, pero no me vale, porque llevo el peto y tú te agarrarás a la excusa de que con el peto no hay culo que asome, y me jurarás sobre la biblia del caos que sigue estando ahí debajo, pero no. No, no, no… se fue y por más que recé al dios de la gimnasia, no volverá a asomarse por ningún vaquero. Se ha debido redistribuir por alguna otra zona de mi cuerpo. No sé. A lo mejor ahora tengo las orejas más turgentes.

Juana Tequila sigue con su labor de destrucción. Ha sacado todas las galletas de plato y las ha repartido a lo largo y ancho del pasillo. Ahora la mitad de los ositos no tienen brazos y los elefantes tienen pelos gatunos entre el chocolate. Debería meterla en la picadora y hacerla relleno de cojín, pero cuando me acerco a reñirla ronronea y se frota zalamera contra mi cara de mala leche. No puedo trocear a alguien que se me frota zalamero (toma nota). Va en contra de mi programación mental y me crea un conflicto de conciencia. Le he dado una rana de trapo, de esas que van rellenas de bolitas de polieuretano para que juegue sin matar y deje un poco en paz la casa, pero no ha servido de mucho. Ahora sigue destrozando las cosas, pero lo hace llevando siempre la rana en la boca y dejándola a un lado, como diciendo «tú espera aquí que acabo enseguida y estoy contigo…» Cuando termina de aniquilar la recoge otra vez y hala… a buscar otro objetivo.

Juana Tequila es hembra y ganadora. Cuanto antes lo asuma, mejor.

Los viernes que se recogen

Cuando colgué el teléfono después de hablar contigo me quedé un rato así. Como en trance tonto. Luego fuí hasta la cocina, me comí los dos caquis, me acosté y… plof. Caí. Once horas dormidas de un tirón. Sin interrupciones. Sólo un sueño profundo y estable. Hacía dos semanas que no lograba dormir más de tres o cuatro horas.

Me recuerdo a un bebé al que hubieran mecido y cantado una nana.

Leo un libro de Marian Keys y Secuestrado de Stevenson. El segundo, porque es el libro preferido de Jose y a mí me gustan los «libros preferidos de», y el primero porque necesito reirme de tonterías. Marian Keys es perfecta para que te rías de tonterías cuando llevas el alma un poco pesada. Me da vergüenza que se vean las tapas en el metro, porque es un libro editado para mujeres treintañeras. Ya sabes… colorines rosa chicle… tipografía pop… así que Stevenson se viene al metro y Marian Keys al sofá. Debería tener la suficiente confianza en mí mismo para que no me diera vergüenza lo que pensaran los desconocidos del metro, lo sé, pero no puedo evitarlo. Soy más feliz cuando nada indica que estoy allí. Cuanto menos, un libro rosa chicle con letras pop.
Tú crees que tengo un lado exhibicionista, pero no es verdad. Todos mis lados son de caracol. Lo que pasa es que el 80% de las cosas que hago en mi vida, las hago sin pensar, porque si las pienso, no las hago. Así logro estar vivo en el mundo de los muertos vivientes.

Sí. A ti te he pensado siempre un huevo. Error enorme. No voy a hacerlo más para que todo vaya mejor. O peor. Pero que al menos vaya, y tú también puedas volver a estar vivo.

Yo sin tu amor soy un montón de cosas, menos yo.

La maldición djin…

Parafraseando canciones: Quise ver en ti, un lugar seguro. Un muro alrededor. Ese fue mi error.

Esta mañana salí a hacer una marcha por la montaña con Miguel y su novia. 25 kilómetros. Más o menos hasta que la pierna empezó a hacerme clac, aunque finalmente resistió más de lo que esperaba. Nos cruzamos con un fraile (hábito incluído) que hacía la misma ruta que nosotros. Aprovechamos para despotricar un poco contra la iglesia. Miguel dijo que solíamos meternos con el pañuelo de las moras y sin embargo nos parecía de lo más normal que un tipo hiciera la idiotez de meterse 25 kilómetros vestido de arpillera marrón. Yo le dije que a lo mejor era un hábito especial de decathlon con goretex. La novia de Miguel se atragantó con el agua de la risa y casi se hace pis encima. Luego pasó el resto de la ruta odiándome un poco y acusándome de no saber cuándo es momento de soltar la gracia. Yo pasé el resto de la ruta ignorándola.
Cuando llegamos a casa, todo el mundo se fue y me quedé solo viendo Sexo en Nueva York y llorando por octava vez. Cuando Ana volvió a casa y me pilló moqueando, me dijo que era muy triste que un tío de pelo en pecho llorara con una película de chicas. Yo le dije que estaba pasando por una etapa de separación amorosa y que era normal que esa película me afectara. Ella me recordó que también lloro con los anuncios de cocacola y con las canciones de La oreja de Van Gogh. Yo le dije que se fuera a lamer el poster de los Jonas Brothers y me dejara en paz. Ella se rió, se atragantó con la fanta y casi se hace pis encima.
No sé si será positivo eso de casi-provocar el pis en las mujeres, pero ya llevo dos…
Como por hoy ya me he comido todas las tristezas, melancolías y autodestrucciones que podía comerme, he decidido salir de mi jaula e ir al cine a ver Cuento de Navidad. Solos, yo y mis 250 grs. de ositos de goma. Sé que están hechos de azúcar mala, gelatinas chungas y conservantes cancerígenos, pero al menos no dirán esta boca es mía cuando me empiecen a caer las primeras lágrimas. Además… si tengo que ser patético, prefiero ser un patético con gominolas, qué coño…

Mañana tengo la punción, esta vez en la columna. No hay miedo. Sólo cansancio.

Podemos hacernos un lío entre reir y llorar

Parafraseando canciones: Sólo una palabra, se hubiera llevado el dolor.

He terminado el libro de Oscar Wao. Pobre Oscar Wao. Le matan de una paliza por enamorarse de quien no debía. Desde la primera página supe que moriría por amor. Un gran libro. Me ha hecho llorar, reir y sufrir. Mira que es difícil que un libro dramático te haga reir ¿no? Igual de difícil que un libro de comedia te haga llorar, supongo. Pero Junot Díaz lo logra. Su prosa llena de latinajos ha sido un gustazo después de tanto nórdico inundando las estanterías de lenguaje regular, periodístico y linealmente aburrido. No me gustan los nórdicos. Son más fríos que los huevos de un vampiro. Creo que aunque sean capaces de crear grandes historias, jamás aprenderán a contarlas.
Sin embargo ahora todo el mundo compra nórdicos. Igual que hace un par de años, todo el mundo compraba masonería, templarios y biblias secretas. Qué tontos somos leyendo. Qué borreguiles y qué panolis.

Le han vuelto a hospitalizar. Tiene dolores, palpitaciones, naúseas… Las placas y los análisis dan todo perfecto. Yo apuesto por un ataque de pánico mezclado con ansiedad, por la proximidad de la última sesión de quimio. Le he dicho que era un desastre de paciente y que tenía que calmarse. Ha respondido: «claro… se dice muy fácil cuando no tienes que pasar por esto CUATRO VECES…» Me hubiera gustado recordarle que a mí me dieron ventitrés sesiones, pero me he callado. Ponerse chulo ante alguien con ansiedad nerviosa es la peor idea que se puede tener en el mundo mundial. Debería llevarle algo que le gustara mucho y que le calmara. Una pena que no haya tiendas de chicas morenas con pelo corto, minifalda y culo esculpido en mármol a granel.

A granel las chicas, no el culo.

Cocacola y cacahuetes a mediodía. Por ahora nada más.

Disfunción en las plaquetas. Otra punción lumbar para desechar leucemias. Más días. Más miedo. Mas nada. Ha vuelto a despedirme diciéndome que me relajara y fuera feliz. He vuelto a desear mandarle a la mierda, pero me he limitado a poner sonrisa de conejo y coger un caramelo del cenicero.
Me gustaría no tener que llevar la cabeza puesta, porque ahora soy el histérico idiota que vé síntomas por todas partes. Los cardenales de los brazos. El no poder dormir. Los dolores de cabeza… No se lo he dicho a nadie. No lo haré hasta que no tenga certezas. Por ahora, me lo como yo, y se lo come el blog. Y creo que me perfecciono como actor, porque nadie ha notado nada. Solo un ligero descenso en el cajón de la repostería Martínez y un poco más de lágrima tonta con las teleseries ñoñas de la fox.
Necesitaría oirle decir que que no va a pasar nada. Que pueden ser muchas otras cosas curables e inofensivas. Que no vale la pena preocuparse en vano. Que la vida es bella, que nosotros somos afortunados y que todas las cosas malas terminan desapareciendo en algún momento. Necesitaría oirle decir justamente todas esas cosas que él no me diría jamás.

Porque cuando él me habla, yo siempre le creo. Siempre.