Dice Desmond Morris que hay un claro componente antropológico a la hora de elegir nuestras mascotas. Que todos aquellos que se decantan por los perros suelen ser personas que aceptan y se someten sin problema a las jerarquías, necesitando del grupo para poder subsistir, mientras que los amantes de los gatos son por naturaleza, personas más fuertes, independientes, individualistas y un pelín anárquicos.
Ahora cada vez que M. vuelva a hacerme comentarios lastimeros sobre mi sillón nuevo, me justificaré diciendo «Lo siento, pero es que me gustan los gatos.»

No creo que haya nada más anárquico que ese sillón. Mola todo. Cuando me pongo a ver la tele, parezco un fraguel subido en el lomo de una fanta de litro y medio.

Ya he comprado mi sillón. Naranja con flores rojas. Hortera. Horterísima. Superlativamente hortera. Lo he colocado en el centro del salón de M., justo al lado de su equilibrado sofá en tonos crudos, y su elegante sillón beige claro. Encima de su sobria alfombra de fibra de coco y haciendo esquina con su comedida mesita rústica donde descansan alineados por orden de tamaño, los mandos de la tele. Ahí. Justo ahí, en el centro de todo ese equilibrio de elegancia, clase y buen gusto, he plantificado mi sillón naranja con flores rojas. Cuando M. lo ha visto, le ha faltado poco para el shock hepático. Supongo que cuando me dió permiso para añadirlo a su salón, pensaba que iba a comprar otro como el que se me rompió, de esos pequeñitos de ikea supersueco-blanco-soso.

A lo mejor debí advertirle de mi tendencia a decorar los chismes de manera antagónica a mi estado de ánimo.

Estoy agotado. Arrastro los pies a base de cafeína. Hoy han sido dos cafés de máquina, uno de cafetería y una cocacola. Y sin embargo, a las cuatro ya dormitaba encima del teclado del mac. Es como si de pronto mi cadena de adn llevara eslabones de ancla.

Mi arándano becario ha solicitado ampliar su periodo de prácticas tres meses más. Es la primera vez en la historia de los becarios del departamento que alguien quiere seguir siendo becario en el departamento, así que todo el mundo anda bastante extrañado con la noticia y me miran como diciendo «a saber lo que le estará enseñando el melenudo drogadicto este…».
El jefe me ha llamado al despacho para comunicarme la noticia y felicitarme por el éxito de mi gestión como maestro jedi de arándanos en prácticas. Cuando le ha preguntado al chico que por qué quería seguir tres meses más, ha dicho que estaba «aprendiendo mucho conmigo». Le he observado con atención para ver si ponía cara de cachondeíto pero… nada. Lo ha dicho imperturbable y sin que se le despeinara el cuello del lacoste.

Si no quiero tenerle a mi vera hasta el próximo año nuevo chino, más me vale empezar a enseñarle algo que no tenga que ver con pezones en 3D o Yodas de papiroflexia. Como por ejemplo… a trabajar.

Se está convirtiendo ya en una rutina lo de ver Up y llorar. Llorar y ver Up. Creo que ya van unas cuatro veces que la veo y lloro. Soy único para autoflagelarme. De hecho, si ganar dinero se me diera igual de bien, a estas alturas ya me habría comprado una isla caribeña, como Jhonny Deep.
Junto a Up, este fin de semana también he visto y llorado compulsivamente Déjame entrar. La escena final de la piscina es sobrecogedora. Me fascina. No por la masacre en sí, sino por la escena misma. La cara de la niña sobre el filo del agua. La expresión del chico cuando la ve. Conozco esa expresión. Es la expresión feliz y confiada del «Por fin no estoy solo.» Solemos lucirla todos los perdedores al menos una vez en nuestra vida.

Me han hecho la punción lumbar a través del esternón. Eso es nuevo. Más doloroso, pero menos mareante. La enfermera rubia de la cuarta me ha puesto cara de compasión cuando he pasado a saludar antes de irme a mis 30 minutos de paralización absoluta. Las noticias sanguíneas vuelan. He procurado marcar mucho el paso para que se viera que, anemias megaloblásticas aparte, ya caminaba sin muletas. Me han salido unos andares de lo más raros. Algo así como de quasimodo puesto de farlopa. Recordándolo después en el ascensor, me he partido de risa yo solo. No aprenderé nunca a dejarme la chulería aquitodookey en casita.

Dice María que las risas nos salvarán y que el blog no era una mala idea. Voy a seguir escribiendo para ella. Así que se cierra el domingo, estoy de nuevo aquí abajo, y a partir de hoy, escribo para María.

Tengo anemia megaloblástica. Creen que por culpa del metrotexate. Me harán una punción lumbar para determinar si se trata de algún tipo de leucemia. Ya lo dijo la monja cantora aquella de la película de los siete niños; cuando el señor cierra una puerta, en algún lugar abre una ventana… y luego se ocupa de empujarte por ella.
También tengo insuficiencia cardíaca. Ahora mi corazón corre, se asusta, y se para. Se me ha cansado de latir en el primer cuarto de su vida. Le escribía a María que tiene algo de romántico estúpido lo de tener un corazón enfermo. Queda muy bien como personaje de novela. Siempre he pensado que yo sería un personaje de novela perfecto si hubiera nacido alto, guapo y listo. Quizá porque siempre hago ese tipo de cosas por las que uno dice: «¡qué idiotez! ¡esto solo pasa en las novelas!».
Me han mandado betabloqueantes. Los tengo aquí encima, al lado de la taza del té. M. los compró el viernes pasado y los dejó ahí, junto a su receta. No sé distinguir el porqué pero… no pienso tomarlos. Así que espero que a mi corazón vago no le importe mucho que esta vez no le eche una mano para latir.
Por extraño que parezca, nisiquiera me importa.