Sushi, cava y rock and roll.
El chico arándano de prácticas me ha contado esta mañana que en el último concierto de rock en el que estuvo, tuvo el enorme privilegio (o eso parece) de compartir espacio con Pilar Rubio. Yo le he preguntado que quién era Pilar Rubio. Él ha abierto mucho los ojos y ha dicho «¿¿¿¿¿no sabes quién es Pilar Rubio????? ¡¡pero tío!!! ¡esa que está tan buena de la sexta!» Yo he ubicado en mi cerebro (por fin) quién era Pilar Rubio y le he dicho que a mí no me parecía que estuviera tan buena, porque tenía una cara muy extraña, con unos pómulos muy raros, como de travesti chungo. Él ha abierto más los ojos (aún) y ha dicho: «¿La cara? ¿qué cara? ¡¡Pero mira qué tetas tiene!!. Yo he dicho: «¿Las tetas? ¿qué tetas? ¡¡pero mira qué cara tiene!!»
Creo que cuando te atraen por igual hombres que mujeres, llegas a tener un sentido de la estética femenina completamente distinto al de la media nacional. Y sobre todo… creo que cuando te atraen por igual hombres que mujeres, algunas partes de la anatomía femenina tienden a perder por completo su peso específico, y por contra… su reinado específico.

Y que vivan las caras bonitas con tetas de andar por casa.

Tallarines y felicidad. Felicidad y tallarines.
Me reunieron los tres en la consulta y me dijeron que la operación se podía considerar un éxito. Que no había rechazo. Que los marcadores eran negativos. Que la herida cicatrizaba según lo previsto. Que sólo quedaba seguir rehabilitando para recuperar la musculatura de las piernas y hacer una vida lo más normal posible. Yo sólo escuché las palabras «piernas» y «éxito». Lo demás para mí fue una sucesión de blablablás entre toda una borrachera de alegría absurda e idiotizada. Luego me quitaron el catéter de la rodilla. Pregunté: «¿Y ahora qué?» y la doctora sonrió y dijo «Ahora ya sólo luchamos contra la artritis. Pero es un enemigo pequeñito.»

Tengo un enemigo pequeñito. Y tengo piernas. Dos. Mis piernas. Estuve dos horas desnudo tumbado en la cama, con los pies sobre la pared, mirándomelas. Levantando una. Levantando la otra. Girando una. Girando la otra. Doblando una. Doblando la otra. Cuando el catéter del pecho empezó a molestarme, me dibujé un OK con rotulador rojo en el muslo izquierdo y un Nepomuk haciendo una zapateta en el derecho. Le mandé un sms para decírselo. Estaba muy contento, era la mejor noticia del mundo. A él no se lo pareció. No dijo nada, ni le dió importancia. Estaba molesto porque no le había llamado. Me puse triste unos minutos. Los justos hasta volver a ver mi pierna, en su sitio, haciendo coro con la otra, como el resto de las piernas sanas y normales del mundo mundial.

Mañana devolveré la silla de ruedas al hospital y subiré las muletas al trastero. Y haré un yipi-yupi-yei desde la terraza de antenas al más puro estilo de Hopalong Cassidy.

Proteínas con leche y tortilla de espinacas.

He ido a trabajar. Las escaleras del metro me han costado un poco, así que las he bajado deslizando el culo por la barandilla. Ha sido genial. Cuando pase agosto, veinte personas bajarán conmigo y ya no podré hacer ese tipo de tonterías, así que tengo que aprovechar estos dos últimos días para mis arieladas particulares.
He conocido al chico nuevo de prácticas. Parecía aburrido de maquetar informes, así que le he enseñado a hacer un batman en Illustrator (también tengo que aprovechar la ausencia de jefe para las arieladas de la oficina). En un momento dado, justo cuando él daba un sorbo al café, le he querido explicar cómo funcionaba el boton de arrastre y literalmente he dicho: «utiliza la manita para movértela». Le ha faltado un tris para ahogarse en un ataque de risa con tos. Se ha puesto tan morado que casi parecía un arándano con patillas. Yo, sinceramente, no he encontrado tan gracioso el doble sentido, así que llego a la conclusión de que mi arándano de prácticas debe llevar una vida de monaguillo cuaresmeño (el polo de rayitas abrochado hasta el último botón así lo atestigua).

El lunes pienso dibujarle una batgirl con pezones en 3D.

Más pollo. Y sandía. No hay dolor. Ole, ole…

Desde que sé que no lee mi zona gris, reescribo los diarios con más tranquilidad. Menuda gilipollez pero… es así. Creo que quizá Nicolás resucitado no me asustaba tanto por mí, como por lo que le hiciera sentir a él. Bueno… en todo caso, Nicolás resucitado ya no asusta a nadie. Todo el mal rollo que me producía se está diluyendo por el ombligo. Quizá al final no haya sido tan mala idea lo de destriparme la memoria. Cuando me quede vacío, a lo mejor dejo de soñar con aguas estancadas y animales muertos y empiezo a tener sueños eróticos en el paraíso de las 10.000 vírgenes de los terroristas suicidas.

Estoy mucho mejor. Contento con la foto. Patxi, el gato malvado. Si le miras fijamente, puedes leerle el pensamiento en sus ojos de cabrón. Está diciendo: «Cuando se dispare el objetivo haré sashimi con tus pelotas, maldito humano…»

Un poco de pollo. Un sobre de proteínas.

En casa.
Se esconden mil connotaciones en un te quiero. Miles. Millones. Pero solemos escucharlos a diario y tendemos a mimetizarlos como tantas y tantas frases que van perdiendo su color a base de repetirlas y de convertirlas en lenguaje al uso, gris y desganado.
Se esconden mil connotaciones en mis te quiero. No es capaz de descifrar ninguna. Moriría por él. Mataría por él. Volaría el mundo en pedazos por él. Lo dibujaría de colores y lo bocetaría como uno de sus comics apocalípticos de Alan Moore. Mientras no pueda dormir sobre su estómago, acompasando mi respiración a su latido, soy algo absurdo e incompleto.
Sin embargo me mira… y no es capaz de descifrarlo.

No me rindo. Nos lo debo.