Ensalada de pollo sin pollo. Vichy por un tubo. Estómago en protesta.

Un mal día el de ayer. Dolores, náuseas, agotamiento físico, desequilibrio nervioso… No quiero volver a tirar de la tableta de hachís, pero la verdad es que para mí supone una especie de patera que me acercara a la costa como promesa de un lugar mejor. Es una lástima que el tabaco con el que tengo que mezclarlo, sea la guardia civil que me intercepta y me devuelve al Magreb de una patada en el culo.
Me he pesado ocho veces y he cambiado de báscula dos. Nada que hacer. No puedo echarle la culpa a la electrónica, no hay error. Simplemente, vuelvo a perder peso. Sumo diez kilos menos en tres meses. El calor no ayuda y la falta de sueño, menos todavía. Dentro de poco seré un tatuaje de mí mismo, y me pesaré en una de esas balanzas de cocina, con los piececitos colgando por encima del platillo.

Me apetece tener otro gato. Y creo que será pelirrojo y se llamará Porro.

Mis vecinas de al lado han puesto música. Son de mi generación y han puesto música, pero menuda mierda. Menuda mieeeeeeeeerda de música. Una especie de psicopatía eletrónica con un tipo soltando frasecitas entre chimpún y bufta-bufta. Sin embargo, ellas son guapísimas. Es la compensación de la naturaleza.»Te doy una belleza sublime, y a cambio te atrofio el mesencéfalo». Aunque no sé por qué hablo de mesencéfalos atrofiados, si ahora mismo estoy mojando patatas fritas en helado de chocolate.
Le he dicho a A. que eran «helatatas Serlik» y que algún día haría una fortuna vendiendo la idea a MacDonald’s. Me ha respondido diciéndome que cada día estoy peor «de lo mío».

Se me ocurren tantas cosas, que ahora mismo no sé exactamente a qué se refiere con eso de «lo mío».

Sushi. Contento de ir comiendo mejor. Sangrado de nariz leve.

Bueno, pues ya está. Sin gabardina, sin gafas negras y sin tequila, he llevado la pierna al hospital.
Evité a los del psicogrupo, pero no a las enfermeras de planta. La rubia de la voz dulce me ha preguntado qué tal llevaba lo del pelo. Me ha sorprendido un poco la pregunta, hasta que me he visto reflejado en el cristal. Joder… mi cabeza es una albóndiga de estopa pinchada en un palillo. Con los kilos de menos, prácticamente soy un Fragel. Ojos-pelo/pelo-Ojos. Es por haberlo afeitado dos veces. Ahora parece que me hubieran crecido los 300.000 pelos todos a mogollón, al grito de marica-el-último.
Tres pinchazos. Uno para drenar y dos de antibiótico. Cuando han traído la silla de ruedas, la he rechazado, orgulloso. Un orgullo poco práctico, por otro lado, porque se me han olvidado los escalones de la entrada y los he tenido que bajar deslizando el culo por la barandilla con la muleta a modo de remo. A ver si me apunto en la frente, que en determinadas situaciones no hay orgullos que valgan.
El 15 de junio vuelvo con la prednisona. Qué poco duran algunas rebeliones…

Un cuenco de arroz precocinado. Vomitado por asqueroso, no por náusea.

Hablando con A. recordé Jimpomuk y estuve echando un vistazo. Escuché alguno de nuestros podcast. En todos salgo riéndome como una hiena. Era incontrolable, hacía que me riera de todo y por todo. Para mí él siempre ha sido como un cogollo de marihuana que no se consumiera nunca.
He recordado el sonido tan sexy que hacía cuando fumaba, expulsando pequeñas dosis de humo entre los labios mientras se reía. Esa gilipollez me volvía loco. Siempre tenía deseos de mandar su cigarrillo y el podcast a tomar por culo, y comérmelo vivo en plan mantis religiosa. La líbido humana es algo complejo y fuera de toda lógica.
He intentado imitarle con el cigarrillo de hachís, pero no me sale. Más que un hombre que suelta pequeñas dosis de humo entre risas, parezco un sapo que hubieran metido en un tubo de escape. Y así vuelvo, zumba que te dale, a mi absoluta falta de sexy thing.

Cierra el pico, rodilla supurante. Hoy tampoco voy al hospital. Soy complejo y fuera de toda lógica, como la líbido humana.

Un plato de macarrones. Una galleta. Desenfrenado trajín sexual.

Me sorprendo de que ya no me apetezcan las golosinas. Bollazos, que dice él. Tampoco el helado que lleva dos semanas en el congelador. El hachís debería darme apetito, pero el tabaco me lo quita. Ahora mastico sorprendentemente despacio. Creo que me estoy paralizando, de alguna forma, como esas serpientes que ralentizan su metabolismo para soportar el desierto. Yo ralentizo el mío para soportar el dolor. A lo mejor dentro de una semana, necesito ocho horas para ponerme un calcetín. No deja de ser una mutación curiosa para alguien que era capaz de comerse una caja de donettes crunchis en tres minutos.
Donettes crunchis… Ojalá pase algo que te borre de pronto… un disparo de nieve… una luz cegadora…
La herida sigue supurando. Tres vendajes en una hora. Sería estupendo ser un vaquero de película, y poder derramar una botella de tequila encima de la rodilla mientras muerdo un palito de madera. Cualquier cosa menos ir al hospital.

Aunque para eso, puede que sí que me ayude la botella de tequila.