Proteínas con leche y tortilla de espinacas.

He ido a trabajar. Las escaleras del metro me han costado un poco, así que las he bajado deslizando el culo por la barandilla. Ha sido genial. Cuando pase agosto, veinte personas bajarán conmigo y ya no podré hacer ese tipo de tonterías, así que tengo que aprovechar estos dos últimos días para mis arieladas particulares.
He conocido al chico nuevo de prácticas. Parecía aburrido de maquetar informes, así que le he enseñado a hacer un batman en Illustrator (también tengo que aprovechar la ausencia de jefe para las arieladas de la oficina). En un momento dado, justo cuando él daba un sorbo al café, le he querido explicar cómo funcionaba el boton de arrastre y literalmente he dicho: «utiliza la manita para movértela». Le ha faltado un tris para ahogarse en un ataque de risa con tos. Se ha puesto tan morado que casi parecía un arándano con patillas. Yo, sinceramente, no he encontrado tan gracioso el doble sentido, así que llego a la conclusión de que mi arándano de prácticas debe llevar una vida de monaguillo cuaresmeño (el polo de rayitas abrochado hasta el último botón así lo atestigua).

El lunes pienso dibujarle una batgirl con pezones en 3D.

Más pollo. Y sandía. No hay dolor. Ole, ole…

Desde que sé que no lee mi zona gris, reescribo los diarios con más tranquilidad. Menuda gilipollez pero… es así. Creo que quizá Nicolás resucitado no me asustaba tanto por mí, como por lo que le hiciera sentir a él. Bueno… en todo caso, Nicolás resucitado ya no asusta a nadie. Todo el mal rollo que me producía se está diluyendo por el ombligo. Quizá al final no haya sido tan mala idea lo de destriparme la memoria. Cuando me quede vacío, a lo mejor dejo de soñar con aguas estancadas y animales muertos y empiezo a tener sueños eróticos en el paraíso de las 10.000 vírgenes de los terroristas suicidas.

Estoy mucho mejor. Contento con la foto. Patxi, el gato malvado. Si le miras fijamente, puedes leerle el pensamiento en sus ojos de cabrón. Está diciendo: «Cuando se dispare el objetivo haré sashimi con tus pelotas, maldito humano…»

Un poco de pollo. Un sobre de proteínas.

En casa.
Se esconden mil connotaciones en un te quiero. Miles. Millones. Pero solemos escucharlos a diario y tendemos a mimetizarlos como tantas y tantas frases que van perdiendo su color a base de repetirlas y de convertirlas en lenguaje al uso, gris y desganado.
Se esconden mil connotaciones en mis te quiero. No es capaz de descifrar ninguna. Moriría por él. Mataría por él. Volaría el mundo en pedazos por él. Lo dibujaría de colores y lo bocetaría como uno de sus comics apocalípticos de Alan Moore. Mientras no pueda dormir sobre su estómago, acompasando mi respiración a su latido, soy algo absurdo e incompleto.
Sin embargo me mira… y no es capaz de descifrarlo.

No me rindo. Nos lo debo.

Puré de verduras y una gelatina de fresa. Sin suero.

Harto de hablar de él. Se acabó. Se acabó.

Suero salino. Caldo de verduras.

Aún en el hospital. No saldré mientras siga sin comer. No tengo ganas de comer. Tengo ganas de irme a mi casa.