Un poco de pollo. Un sobre de proteínas.

En casa.
Se esconden mil connotaciones en un te quiero. Miles. Millones. Pero solemos escucharlos a diario y tendemos a mimetizarlos como tantas y tantas frases que van perdiendo su color a base de repetirlas y de convertirlas en lenguaje al uso, gris y desganado.
Se esconden mil connotaciones en mis te quiero. No es capaz de descifrar ninguna. Moriría por él. Mataría por él. Volaría el mundo en pedazos por él. Lo dibujaría de colores y lo bocetaría como uno de sus comics apocalípticos de Alan Moore. Mientras no pueda dormir sobre su estómago, acompasando mi respiración a su latido, soy algo absurdo e incompleto.
Sin embargo me mira… y no es capaz de descifrarlo.

No me rindo. Nos lo debo.

Puré de verduras y una gelatina de fresa. Sin suero.

Harto de hablar de él. Se acabó. Se acabó.

Suero salino. Caldo de verduras.

Aún en el hospital. No saldré mientras siga sin comer. No tengo ganas de comer. Tengo ganas de irme a mi casa.

Suero salino.

En el hospital.

Agua e ibuprofeno.

Nada.