Suero salino. Caldo de verduras.

Aún en el hospital. No saldré mientras siga sin comer. No tengo ganas de comer. Tengo ganas de irme a mi casa.

Suero salino.

En el hospital.

Agua e ibuprofeno.

Nada.

Agua

El dolor me irradia ahora al brazo derecho, la espina dorsal y la zona lumbar. Eso supone un 65% de mi cuerpo. Constante. Perfecta, absoluta, certeramente constante. He pasado la mañana dando paseos hasta la fuente para poder sobrellevarlo. No logro manejar bien el ratón, ni el teclado, así que apenas puedo trabajar. Mañana por la mañana pediré la baja. Intentaba evitarlo. Sé que no será lo mejor del mundo pasarme las 24 horas del día metido en mi habitación. Sobre todo ahora que apenas puedo dormir más de diez minutos seguidos. Sigo callando y disimulando ante las personas de mi entorno. Ojalá pudiera llamarle en este momento sólo para llorar y contarle que me duele. Ojalá. Y ojalá no acabara de escribir ese pensamiento, absurdo e inútil, que no me sirve para nada y encima me hunde el ánimo.

No sé. No sé qué más decir. No veo salida.

Batidos de proteína y agua.

Bueno… pues aquí estoy solo otra vez. Apoyándome en nada. Confortándome con nada. Dueño del dolor constante, de un amuleto que no me ha protegido, y de las zapatillas más bonitas del mundo.

Y otra vez se me van las ganas de mantener esto abierto. Y otra vez se me van las ganas de mantenerme en pie.