Pescado blanco. Arroz. Chocolate en microdosis. Todo el día helado de frío.

No he podido pegar ojo. Seis veces he tenido que levantarme de la cama para masajearme alguna contractura muscular. Y para redondear la noche, a eso de las cuatro me ha despertado el maullido agónico de un gato retumbando por el patio de vecinos. He ido como una flecha a pasar revista a los míos, pensando que alguno se había podido caer por la ventana, pero lo he tenido que hacer guiándome por el tacto, en plan: «lo malvado es Tequila, lo obeso es Tripi», porque todos dormían y no podía encender las luces. Cuando mi marcador táctil estaba ya: «mordiscos malvados 5 – cosas obesas 0», me he empezado a asustar y he despertado a M. para que me ayudara a bajar al patio a mirar. Por supuesto, ha bastado que M. se pusiera los pantalones para que saliera el cabrón del gato, de veteasaberdónde, estirándose tan pichi con ojos de chino haciendo un esfuerzo.
M. iba a matarme (lo sé), pero afortunamente en ese momento me ha dado otra contractura y me he podido librar de su ira. Resulta un poco duro matar a un chico cojo cuando se cuelga de tu pijama gimiendo. Es casi como darle dos tortas a tu abuelito. Así que hemos decidido coger el aceite de rosa mosqueta y los gelocatiles, y sentarnos a ver el partido de los lakers, aplazando lo de matarnos para otro amanecer. Eso sí… a estas horas de la tarde, sin poder tomar café, té, cocacola, ni anfetaminas, no creo ser capaz de resistir sobre las muletas más allá de las seis. O de las cinco. O de dentro de diez minutos. O de ya.

María me ha enviado su libro. Tengo en mis manos el libro de María. Y me lo ha dedicado y me lo ha rellenado con chocolate. No una campana de elgorriaga, no… chocolate de primera. Chocolate de gourmet. Aparte de «a tomar por culo la hiperglucemia, esto hay que celebrarlo», se me ocurren muchas frases para adornar el momento. Me emociona que un escritor me dedique un libro, pero si encima ese escritor surje de la complicadita blogosfera… ya no es emoción, es directamente adrenalina.
Bueno, sí… la blogosfera no era lo complicadito, sino yo. En mi vida he dado saltos más grandes que cuando alguien me ha intentado sacar de la madriguera. El chico saltamontes ahoraestoy-ahoranoestoy. No me sorprende que muchos hayan llegado a la conclusión de que no existo o de que soy el experimento sociológico de cuatro frikis con mucho tiempo libre. En un mundo como este, lleno de redes sociales, asociaciones, grupos y subgrupos, donde todo individuo busca la aceptación de un clan y su consiguiente huequecito amable en la sociedad humana del mundo mundial…¿qué coño pinto yo con mi cartel de Not Disturb? Si hasta incluso me sorprendo todavía cuando veo mis ojos mirando ahí arriba. Tanto que un día de estos, me dibujaré un antifaz y un bigote.

Pero María me ha enviado su libro, y no he sido saltamontes. Porque con María no hace falta saltar. Ella sólo se acerca y dice «chst…eh chaval… coge esto y lárgate. Vamos, vamos, vamos…»

María es mi héroe.

Nuevo menú de gourmet. Había helado frito, crêpes de plátano o brownies y he pedido zumo de naranja. Me merezco un monumento. Sangrado leve de nariz.

Al médico se le han salido los globos oculares cuando ha visto mi analítica. Me ha dicho que si lo que quería era suicidarme como un niñato, ponía a mi disposición todo un surtido de pastillas mucho más rápidas y efectivas que las «helatatas Serlik». Yo me he justificado diciendo que había pasado unos días bastante deprimido, y él me ha rugido (literalmente) que valía como excusa para los niños de doce años, no para un «hombre hecho y derecho de veinte». Es pasmoso como puedes pasar de ser un «niñato» a un «hombre hecho y derecho», según varíe la argumentación de bronca de tu interlocutor… Debo estar mejorando, porque con la somanta de hostias verbales que me ha metido (y que por otra parte me merecía), demuestra que compadecerme, me compadece poquito. Y eso siempre es buena señal.
Aparcado mi caos alimentario hasta nuevo aviso. No puedo empezar el ciclo de prednisona con el hierro bajo mínimos y la glucosa desbordando por las orejas. Estoy animado a volver a la rehabilitación. Es gracias a él. El amo de mi calabozo que abre o cierra el futuro con un sólo gesto.
Inmenso el poder del hombre con pantalones de Jeremías Johnson…

Vómitos esta mañana. Tripa vacía y en concierto. Dolor de cervicales.

Mis análisis de sangre son caóticos. Mi hígado asfixiado. Mi páncreas paralizado. Mi testosterona por las nubes (lo cual explica a la perfección la entrada de anteayer sobre Conchita…). Voy a reventar un día de estos como un globo sonda, y lo único que quedará de mí serán un puñado de lanas rubias flotando sobre las torres kio.
Ayer fuimos al cine. Vimos Coraline y luego nos colamos con todo el morro a la sesión golfa de Terminator. Las dos me mantuvieron enganchado a la butaca. La rebelión de las máquinas sucede en 2018, así que le dije después a M. que si al final termino perdiendo la pierna, sólo tendré que esperar ocho años para que me pongan una de esas maravillosas patas-terminator, con acero y cubiertas de chicha humana. Él se rió bastante con la ocurrencia y me recordó que el cine era el cine, y que si finalmente pierdo la pierna, lo máximo que me colocarán será algo parecido a un abrebotellas con zapato. Al principio, nos dió un poco de cosa hacer chiste con eso, pero al final acabamos llorando de risa. Creo que mi inclinación por el humor negro también puede ser genética, ahora que recuerdo a mi madre y su eterna sonrisa de payaso diabólico.
Hoy voy a hacer lasagna. Para darle una tregua al hígado, la haré sin carne, sin bechamel, sin queso y sin mantequilla. O sea, que hoy voy a hacer lasagna, sin lasagna. Por aquí están todos encantados del asco que eso va a suponer.

Hoy sólo odio a Conchita

No sé por qué odio a Conchita, pero ODIO a Conchita. Cada vez que la escucho en la radio siento irrefrenables deseos de destruir algo. De aniquilar. De rociarme con gasolina y quemarme a lo bonzo. De coger la guitarrita e incrustársela en la cabeza al grito de cobabunga. Y no me gusta sentir eso, porque joder… soy pacifista, feminista y prodefensa de la libertad de expresión, pero es que es una sensación que se escapa completamente a mi voluntad. Simplemente, la mataría. Metería en una hormigonera gigante su vocecita de mariamelindres, sus cancioncitas ñoño-light, sus airecillos de cantautora de catequesis, su melenita de superchuli, sus ojitos de oveja lucera, sus manitas desnutridas y su puta guitarrita que, seguro, tiene en la parte trasera una de esas malditas pegatinas de margarita pro-pedorras.

Yo quiero una Soraya Arnelas. Con sus caderas insondables, su cintura comestible, sus piernas indescriptibles y su acento de camionero extremeño. Y quiero que algún día, las mujeres de 5000 watios se coman crudas a las princesitas ñoñas, tísicas y descoloridas del superpop español.

Coñoya…