Nuevo menú de gourmet. Había helado frito, crêpes de plátano o brownies y he pedido zumo de naranja. Me merezco un monumento. Sangrado leve de nariz.

Al médico se le han salido los globos oculares cuando ha visto mi analítica. Me ha dicho que si lo que quería era suicidarme como un niñato, ponía a mi disposición todo un surtido de pastillas mucho más rápidas y efectivas que las «helatatas Serlik». Yo me he justificado diciendo que había pasado unos días bastante deprimido, y él me ha rugido (literalmente) que valía como excusa para los niños de doce años, no para un «hombre hecho y derecho de veinte». Es pasmoso como puedes pasar de ser un «niñato» a un «hombre hecho y derecho», según varíe la argumentación de bronca de tu interlocutor… Debo estar mejorando, porque con la somanta de hostias verbales que me ha metido (y que por otra parte me merecía), demuestra que compadecerme, me compadece poquito. Y eso siempre es buena señal.
Aparcado mi caos alimentario hasta nuevo aviso. No puedo empezar el ciclo de prednisona con el hierro bajo mínimos y la glucosa desbordando por las orejas. Estoy animado a volver a la rehabilitación. Es gracias a él. El amo de mi calabozo que abre o cierra el futuro con un sólo gesto.
Inmenso el poder del hombre con pantalones de Jeremías Johnson…

Vómitos esta mañana. Tripa vacía y en concierto. Dolor de cervicales.

Mis análisis de sangre son caóticos. Mi hígado asfixiado. Mi páncreas paralizado. Mi testosterona por las nubes (lo cual explica a la perfección la entrada de anteayer sobre Conchita…). Voy a reventar un día de estos como un globo sonda, y lo único que quedará de mí serán un puñado de lanas rubias flotando sobre las torres kio.
Ayer fuimos al cine. Vimos Coraline y luego nos colamos con todo el morro a la sesión golfa de Terminator. Las dos me mantuvieron enganchado a la butaca. La rebelión de las máquinas sucede en 2018, así que le dije después a M. que si al final termino perdiendo la pierna, sólo tendré que esperar ocho años para que me pongan una de esas maravillosas patas-terminator, con acero y cubiertas de chicha humana. Él se rió bastante con la ocurrencia y me recordó que el cine era el cine, y que si finalmente pierdo la pierna, lo máximo que me colocarán será algo parecido a un abrebotellas con zapato. Al principio, nos dió un poco de cosa hacer chiste con eso, pero al final acabamos llorando de risa. Creo que mi inclinación por el humor negro también puede ser genética, ahora que recuerdo a mi madre y su eterna sonrisa de payaso diabólico.
Hoy voy a hacer lasagna. Para darle una tregua al hígado, la haré sin carne, sin bechamel, sin queso y sin mantequilla. O sea, que hoy voy a hacer lasagna, sin lasagna. Por aquí están todos encantados del asco que eso va a suponer.

Hoy sólo odio a Conchita

No sé por qué odio a Conchita, pero ODIO a Conchita. Cada vez que la escucho en la radio siento irrefrenables deseos de destruir algo. De aniquilar. De rociarme con gasolina y quemarme a lo bonzo. De coger la guitarrita e incrustársela en la cabeza al grito de cobabunga. Y no me gusta sentir eso, porque joder… soy pacifista, feminista y prodefensa de la libertad de expresión, pero es que es una sensación que se escapa completamente a mi voluntad. Simplemente, la mataría. Metería en una hormigonera gigante su vocecita de mariamelindres, sus cancioncitas ñoño-light, sus airecillos de cantautora de catequesis, su melenita de superchuli, sus ojitos de oveja lucera, sus manitas desnutridas y su puta guitarrita que, seguro, tiene en la parte trasera una de esas malditas pegatinas de margarita pro-pedorras.

Yo quiero una Soraya Arnelas. Con sus caderas insondables, su cintura comestible, sus piernas indescriptibles y su acento de camionero extremeño. Y quiero que algún día, las mujeres de 5000 watios se coman crudas a las princesitas ñoñas, tísicas y descoloridas del superpop español.

Coñoya…

Menú de gourmet. Gulas. Sepia. Merluza. Cava rosado. Leche frita. Capuccino. Dolor de cabeza (puede que del cava). Felicidad (puede que del cava).
He vuelto al trabajo. Mis compañeros me han regalado un uniforme de soldado y una tarjeta con monigotes en la que pone «para el niño guerrero que sale victorioso de cualquier batalla». Me he emocionado mucho. Nos hemos hecho algunas fotos y la verdad es que no saco mucha cara de guerrero victorioso. Entre los pelos, los pucheros y los ojos rojos, más bien parezco la viuda de Espinete acudiendo a un homenaje póstumo.
Pienso en esto que estoy haciendo y dudo. Recibo bastantes cartas de personas preocupadas por el cambio de registro de mis entradas. Encontré positivo para mí este harakiri, pero no me paré a pensar si lo sería para todo el mundo. Ahora repaso mis diarios infantiles y dudo. Siempre quise ser Christopher Moore o Sue Townsed, y escribir sobre el lado divertido de la realidad. Es tan complicado hacer reír, como sencillo poner triste, y yo no he cogido el camino sencillo en mi vida. Dudo si seguir con esto. Le preguntaría a él, pero sé que me dirá: «Si quieres escribir escribe, Ariel, y si no lo quieres hacer, no lo hagas». Y yo responderé: «pues… ehm… vale, pero… ¿entonces qué me estás diciendo?» y luego me entrará la risa tonta y la mala leche, a partes iguales.

Pescado. Una bolsa de pipas peladas. Paz después de la tormenta.

El calor convierte mi habitación por las noches en un microondas. No me ayuda nada a conciliar el sueño con el que se supone que debo recuperar kilos y energía. Esta madrugada, ante el miedo de que la cabeza me estallara en plan plop de palomita, he arrastrado el colchón hasta el salón y me he tumbado a pie de terraza. M. se ha levantado cuando amanecía para hacer un pis y ha tropezado con mi cuerpo serrano tirado en el suelo del salón. Casi le da un infarto. Ha faltado un tris para que me metiera la chancla en la boca. Le he visto mover los brazos con mucho aspaviento mientras me preguntaba qué cojones hacía tirado en el salón. Yo le he respondido que qué cojones hacía él yendo a hacer pis al salón. Y cuando ya nos ha quedado claro a ambos que en el salón no hacíamos más que el idiota, hemos procedido a cerrar el pico y a regresar, él a su pis, yo a mi cama.

Mañana volveré al hospital a por una receta de somníferos. O tranquilizantes. O narcóticos. O…